Luis me ha hecho una entrevista muy cariñosa en soitu.es. Pongo el link sobre todo porque salgo guapo en la foto.
http://www.soitu.es/soitu/2009/08/27/actualidad/1251363291_627800.html
viernes, 28 de agosto de 2009
martes, 25 de agosto de 2009
Crónica del desamor
Hace 30 años ya que Rosa Montero (no es mi tía) publicó Crónica del desamor. Yo debí leerlo hace veintitantos. Supongo que me lo habría dejado mi tía Amalia (Montero), como casi todos los libros que leía entonces. Recuerdo que me marcó. Hace menos de una semana le dejé a Susana las 50 primeras páginas de la novela que por fin me he decidido a escribir. Ella, entusiasta como es, me confesó que de alguna manera le recordaba a la primera novela de Rosa Montero (ojalá). Ninguno nos acordábamos del título pero sí recordábamos mucho de lo que pasaba. A ella también le había marcado. El otro día estábamos unos cuantos amigos en la FNAC y de repente Susana se me acercó con un ejemplar de Crónica del desamor. ¡Esta es! La compré claro. En el prólogo Rosa Montero decía que no había querido reeditarla, porque le parecía la peor de sus novelas, pero que ahora que se cumplían 30 años y después de que mucha gente año tras año le preguntara por ella había por fin accedido a hacerlo. La estoy leyendo y aunque a mí no me recuerda nada a la novela que estoy empezando, (la mía es mucha más ligera, morbosa, tontuna y espero que optimista, y no con esa vocación generacional que tenía Crónica…) puedo entender perfectamente por qué me había impresionado en su momento. Eso sí, en 30 años, este país y nosotros, como cantaban Presuntos…, cómo hemos cambiado.
sábado, 22 de agosto de 2009
Naranja y mango
Las parejas del verano:
Naranja y mango: Acabo de descubrir que es una de las simbiosis más perfectas de dos frutas en un zumo. Probadlo.
Cloro y amigos: ¿Algo mejor que pasar algunas tardes de Agosto recorriendo las piscinas de Madrid? Ayer disfrutamos en la de la ciudad universitaria, unos días atrás la del hotel emperador, la semana anterior en casa de los abuelos de Miguel… Sigo pensando que no quiero morirme sin poder invitar a mis amigos a mi propia piscina.
Hendrich y pepino: El cóctel más fresco y caro del verano. Un lujo que uno se bebe descalzo tumbado en la piscina del Hotel Oscar, contemplando las mejores vistas de Madrid y al refugio del calor de un agosto que está siendo estupendo. O en el Olé Lola.
Kings y Weeds: Dos series antagónicas. Dos series estupendas.
Mazinger y el trabajo: Escribo, bajo a Mazinger, escribo, vuelvo a bajar a Mazinger. ¡Lo importante es que por fin estoy escribiendo! Sin parar.
Tú y yo: Aunque aún no lo sepas.
Naranja y mango: Acabo de descubrir que es una de las simbiosis más perfectas de dos frutas en un zumo. Probadlo.
Cloro y amigos: ¿Algo mejor que pasar algunas tardes de Agosto recorriendo las piscinas de Madrid? Ayer disfrutamos en la de la ciudad universitaria, unos días atrás la del hotel emperador, la semana anterior en casa de los abuelos de Miguel… Sigo pensando que no quiero morirme sin poder invitar a mis amigos a mi propia piscina.
Hendrich y pepino: El cóctel más fresco y caro del verano. Un lujo que uno se bebe descalzo tumbado en la piscina del Hotel Oscar, contemplando las mejores vistas de Madrid y al refugio del calor de un agosto que está siendo estupendo. O en el Olé Lola.
Kings y Weeds: Dos series antagónicas. Dos series estupendas.
Mazinger y el trabajo: Escribo, bajo a Mazinger, escribo, vuelvo a bajar a Mazinger. ¡Lo importante es que por fin estoy escribiendo! Sin parar.
Tú y yo: Aunque aún no lo sepas.
viernes, 31 de julio de 2009
Hay días
Hay días como el de ayer:
7:45: Después de dormir a trompicones, me levanto, me ducho, saco al perro. Desayuno a lo grande y me voy a Callao, donde me esperan Mario y tres alumnos más de la autoescuela. Los tres alumnos: Una chica rumana, un chico paquistaní con barba a lo Pakistán, y una española de treinta a la que le sobran si no treinta al menos 10 kilitos. El examen será a las 12 y media pero Mario quiere darnos a todos una última clase. Cortesía de él. Vamos que nos la regala. No es la primera.
11:00.: La chica española y la rumana hablan y hablan mientras yo al volante me olvido de señalar mis cambios de dirección. De repente la chica española le dice al pakistaní, uy, ¿tú no serás de esos que quieren que las mujeres lleven burka?. Ahí se arma la gorda. Menudo follón. Mario intercede para que la cosa no acabe en sangre. Yo mientras sigo sin utilizar los intermitentes. Eso sí, respeto escrupulosamente a los peatones. Ningún muerto. Ni fuera ni dentro del coche.
12:30: Ante un sol de justicia y a treinta y tantos grados esperamos media hora con otras decenas de alumnos nerviosos a que nuestro examinador venga a por nosotros. Estamos en un parking enorme. Podría ser el escenario de una película de terror, de tanta tensión como se masca en el ambiente. Somos casi los últimos en salir. Yo iré en el segundo turno. Soy el último en examinarme. La chica española nos ofrece a todos, incluido al pakistaní, valerianas. No tomamos, sólo toma ella. Será la única en aprobar.
13:20.El pakistaní no dura ni un asalto al volante. Casi se come un camión. Aunque él se pasará luego una hora diciendo que no fue así. Yo estaba allí y sí, casi se lo come.
13:21: Yo no estaba nervioso. Pero al arrancar me doy cuenta de que no he colocado el asiento y que voy encajado. Decido superar mi estupidez y seguir sin que me afecte demasiado el ir empotrado contra el parabrisas. Me mandan estacionar y aparco malamente. Pero aparco. Conduzco malamente, pero conduzco. Eso sí, no señalizo apenas. Suspenso.
14:00: Mario está más disgustado que nosotros. Dan ganas de consolarlo. Tranquilo, Mario, si queda septiembre. No pasa nada, venga, arriba esos ánimos. El pakistaní indignado porque no se comió el camión. El sigue insistiendo en que no. La rumana, la pobre, porque sí se comió un coche cuando estaba aparcando. Y la española intenta disimular su alegría, porque está feo estar de fiesta en un funeral. Así que yo decido no prolongar la agonía y me voy para casa sintiéndome un poco absurdo, pero bastante bien de ánimo. Mi suspenso es merecido aunque muy poco épico, apenas me da para contarlo y hacer unas risas.
15:20: Bajo a Mazinger. He quedado a las 15:30 en Tribunal, me van a recoger en coche para irnos a pasar la tarde a la piscina de los abuelos de Miguel. Es en Villaviciosa, así que recorreré una vez más el trayecto del examen. ¿Por décima vez hoy? Cuando esté de nuevo en el coche tendré la sensación de estar atrapado en el tiempo, y de que me llamo Bill Murray. Compro litros de cerveza, es lo único que me han pedido que lleve a la piscina, además del bañador, claro.
15:35: Estoy esperando a que vengan a por mí, cuando de repente alguien me toca un pezón. Es un hombre de mi edad, borracho. No lo conozco. No huele mal, no va mal vestido. Tiene acento del sur de España, Cádiz o Huelva, tal vez. Me dice: Tienes mucha suerte. ¿Sabes que tienes mucha suerte? Yo pienso en mi examen de conducir y me da ganas de decirle que hombre, suerte, lo que se dice suerte… Pero el hombre insiste. Ahora mira a Mazinger. Y le dice a él que también tiene mucha suerte. Que formamos una bonita estampa y que los dos somos afortunados por tenernos el uno al otro. Me explica que está borracho porque hace cuatro días enterró a alguien. ¿A quién? Pregunto. A su perro, a su sombra. “Me falta mi sombra.” “Llevo cuatro días borracho porque me falta mi sombra. Y no voy a llorar.” Esto me lo dice con lágrimas en los ojos, mientras insiste en la suerte que tengo. Se va, vuelve, repite lo de la suerte, pero ahora con más lágrimas. Me vuelve a tocar el pezón. Lo del pezón no lo acabo de entender. ¿Está intentando ligar conmigo entre lágrimas? ¿De luto? Yo ya le golpeo la mano para que deje mi pezón tranquilo. Y al menos deja de tocármelo, me repite, eso sí, que tenemos suerte Mazinger y yo, que los dos somos muy guapos. Sonrío entre estupefacto y sin saber cómo reaccionar. Cojo las botellas de litro, la correa de Mazinger y tiro de él. Lo despido efusivamente para que se dé por enterado. Cruzo en rojo el semáforo.
16:20: Llegamos a casa de los abuelos de Miguel. Paso una tarde en grande, rodeado de amigos y bañándonos en la piscina. Por primera vez me siento de vacaciones. Mazinger descubre lo que es una piscina. Lo tiramos dos veces al agua. Flipa. Descubrimos que eso de que todos los perros saben nadar es un mito. El mío no. Sergi es el más rápido en socorrerlo. Mazinger tose cual ahogado. Pero a pesar del susto se lo está pasando muy bien. Durante un rato no se acerca a la piscina. Luego se le olvida y vuelve. Aunque no se tira. Eso sí, mojado como está se revuelve por la tierra. Su pelo se llena de unas bolitas con pinchos que me pasaré media noche arrancándole.
21:15: Corro por San Bernardo con la lengua fuera. He quedado con Miguel y dos amigos más para ir a la cena a la que nos invita en el Thai Garden Mario Vaquerizo por su cumpleaños. Llego sin fuelle pero llego.
22:00: Bebo la primera cerveza. Mario está pletórico, rodeado de su gente. Yo apenas conozco a nadie. Saludo a Boris, me señalan a uno que se ha operado para parecerse a Michael Jackson. “Desde su muerte no ha levantado cabeza” Me dicen. Es clavadito a Michael Jackson. Veo a las chicas de Dover, cada vez más delgadas. Somos unas 70 personas, gente de la farándula, travestis, italianos bailarines, señoras de cierta edad, Bimba Bosé y David Delfín, más travestis, ¿o es la misma que se mueve mucho? Qué grupo más variopinto, pero que no puede definir mejor el carácter acogedor y sin prejuicios de Mario y Olvido. Voy al baño, justo en ese momento me llama mi padre para saber si he aprobado o no. Me da ánimos. A la próxima. A mi me entran ganas de contarle que he visto a un doble de Michael Jackson, pero no lo hago.
24:00: Cantamos el cumpleaños feliz. Yo ya llevo un pedo fino. Todos me cuentan las veces que suspendieron el práctico. Hasta los desconocidos me lo cuentan. Qué majos, pienso. Me llaman por teléfono. Es Miguel: Estamos en el Gris. Allá que me voy.
1:00: Pillo un taxi, es un taxista joven. Su segundo día en el taxi. Tengo que indicarle como llegar. Hablamos de mi examen. El aprobó a la cuarta. Yo borracho, pienso, qué majo, seguro que aprobó a la primera y me está consolando, aunque no necesito consuelo, sólo un café doble.
1:30. Risas en el Gris. Hago recuento de mi día. Y del tío que insistió en la suerte que tenía. Ahora me doy cuenta de que no le faltaba razón. Soy un hombre con suerte. Y con los dos pezones intactos.
3:00: Llego a casa. Espero encontrarme a Mazinger durmiendo como un tronco pero no. Está espídico, entonces supongo que es por culpa de las bolitas con pinchos que tiene por todo el pelo. Así que me pongo a quitárselas y me paso una hora tijera en mano trasquilándolo.
10:30: (De esta mañana) Me levanto y noto a Mazinger cambiado. ¿Qué le ha pasado en el pelo? Entonces me acuerdo de cómo llegué a casa…
7:45: Después de dormir a trompicones, me levanto, me ducho, saco al perro. Desayuno a lo grande y me voy a Callao, donde me esperan Mario y tres alumnos más de la autoescuela. Los tres alumnos: Una chica rumana, un chico paquistaní con barba a lo Pakistán, y una española de treinta a la que le sobran si no treinta al menos 10 kilitos. El examen será a las 12 y media pero Mario quiere darnos a todos una última clase. Cortesía de él. Vamos que nos la regala. No es la primera.
11:00.: La chica española y la rumana hablan y hablan mientras yo al volante me olvido de señalar mis cambios de dirección. De repente la chica española le dice al pakistaní, uy, ¿tú no serás de esos que quieren que las mujeres lleven burka?. Ahí se arma la gorda. Menudo follón. Mario intercede para que la cosa no acabe en sangre. Yo mientras sigo sin utilizar los intermitentes. Eso sí, respeto escrupulosamente a los peatones. Ningún muerto. Ni fuera ni dentro del coche.
12:30: Ante un sol de justicia y a treinta y tantos grados esperamos media hora con otras decenas de alumnos nerviosos a que nuestro examinador venga a por nosotros. Estamos en un parking enorme. Podría ser el escenario de una película de terror, de tanta tensión como se masca en el ambiente. Somos casi los últimos en salir. Yo iré en el segundo turno. Soy el último en examinarme. La chica española nos ofrece a todos, incluido al pakistaní, valerianas. No tomamos, sólo toma ella. Será la única en aprobar.
13:20.El pakistaní no dura ni un asalto al volante. Casi se come un camión. Aunque él se pasará luego una hora diciendo que no fue así. Yo estaba allí y sí, casi se lo come.
13:21: Yo no estaba nervioso. Pero al arrancar me doy cuenta de que no he colocado el asiento y que voy encajado. Decido superar mi estupidez y seguir sin que me afecte demasiado el ir empotrado contra el parabrisas. Me mandan estacionar y aparco malamente. Pero aparco. Conduzco malamente, pero conduzco. Eso sí, no señalizo apenas. Suspenso.
14:00: Mario está más disgustado que nosotros. Dan ganas de consolarlo. Tranquilo, Mario, si queda septiembre. No pasa nada, venga, arriba esos ánimos. El pakistaní indignado porque no se comió el camión. El sigue insistiendo en que no. La rumana, la pobre, porque sí se comió un coche cuando estaba aparcando. Y la española intenta disimular su alegría, porque está feo estar de fiesta en un funeral. Así que yo decido no prolongar la agonía y me voy para casa sintiéndome un poco absurdo, pero bastante bien de ánimo. Mi suspenso es merecido aunque muy poco épico, apenas me da para contarlo y hacer unas risas.
15:20: Bajo a Mazinger. He quedado a las 15:30 en Tribunal, me van a recoger en coche para irnos a pasar la tarde a la piscina de los abuelos de Miguel. Es en Villaviciosa, así que recorreré una vez más el trayecto del examen. ¿Por décima vez hoy? Cuando esté de nuevo en el coche tendré la sensación de estar atrapado en el tiempo, y de que me llamo Bill Murray. Compro litros de cerveza, es lo único que me han pedido que lleve a la piscina, además del bañador, claro.
15:35: Estoy esperando a que vengan a por mí, cuando de repente alguien me toca un pezón. Es un hombre de mi edad, borracho. No lo conozco. No huele mal, no va mal vestido. Tiene acento del sur de España, Cádiz o Huelva, tal vez. Me dice: Tienes mucha suerte. ¿Sabes que tienes mucha suerte? Yo pienso en mi examen de conducir y me da ganas de decirle que hombre, suerte, lo que se dice suerte… Pero el hombre insiste. Ahora mira a Mazinger. Y le dice a él que también tiene mucha suerte. Que formamos una bonita estampa y que los dos somos afortunados por tenernos el uno al otro. Me explica que está borracho porque hace cuatro días enterró a alguien. ¿A quién? Pregunto. A su perro, a su sombra. “Me falta mi sombra.” “Llevo cuatro días borracho porque me falta mi sombra. Y no voy a llorar.” Esto me lo dice con lágrimas en los ojos, mientras insiste en la suerte que tengo. Se va, vuelve, repite lo de la suerte, pero ahora con más lágrimas. Me vuelve a tocar el pezón. Lo del pezón no lo acabo de entender. ¿Está intentando ligar conmigo entre lágrimas? ¿De luto? Yo ya le golpeo la mano para que deje mi pezón tranquilo. Y al menos deja de tocármelo, me repite, eso sí, que tenemos suerte Mazinger y yo, que los dos somos muy guapos. Sonrío entre estupefacto y sin saber cómo reaccionar. Cojo las botellas de litro, la correa de Mazinger y tiro de él. Lo despido efusivamente para que se dé por enterado. Cruzo en rojo el semáforo.
16:20: Llegamos a casa de los abuelos de Miguel. Paso una tarde en grande, rodeado de amigos y bañándonos en la piscina. Por primera vez me siento de vacaciones. Mazinger descubre lo que es una piscina. Lo tiramos dos veces al agua. Flipa. Descubrimos que eso de que todos los perros saben nadar es un mito. El mío no. Sergi es el más rápido en socorrerlo. Mazinger tose cual ahogado. Pero a pesar del susto se lo está pasando muy bien. Durante un rato no se acerca a la piscina. Luego se le olvida y vuelve. Aunque no se tira. Eso sí, mojado como está se revuelve por la tierra. Su pelo se llena de unas bolitas con pinchos que me pasaré media noche arrancándole.
21:15: Corro por San Bernardo con la lengua fuera. He quedado con Miguel y dos amigos más para ir a la cena a la que nos invita en el Thai Garden Mario Vaquerizo por su cumpleaños. Llego sin fuelle pero llego.
22:00: Bebo la primera cerveza. Mario está pletórico, rodeado de su gente. Yo apenas conozco a nadie. Saludo a Boris, me señalan a uno que se ha operado para parecerse a Michael Jackson. “Desde su muerte no ha levantado cabeza” Me dicen. Es clavadito a Michael Jackson. Veo a las chicas de Dover, cada vez más delgadas. Somos unas 70 personas, gente de la farándula, travestis, italianos bailarines, señoras de cierta edad, Bimba Bosé y David Delfín, más travestis, ¿o es la misma que se mueve mucho? Qué grupo más variopinto, pero que no puede definir mejor el carácter acogedor y sin prejuicios de Mario y Olvido. Voy al baño, justo en ese momento me llama mi padre para saber si he aprobado o no. Me da ánimos. A la próxima. A mi me entran ganas de contarle que he visto a un doble de Michael Jackson, pero no lo hago.
24:00: Cantamos el cumpleaños feliz. Yo ya llevo un pedo fino. Todos me cuentan las veces que suspendieron el práctico. Hasta los desconocidos me lo cuentan. Qué majos, pienso. Me llaman por teléfono. Es Miguel: Estamos en el Gris. Allá que me voy.
1:00: Pillo un taxi, es un taxista joven. Su segundo día en el taxi. Tengo que indicarle como llegar. Hablamos de mi examen. El aprobó a la cuarta. Yo borracho, pienso, qué majo, seguro que aprobó a la primera y me está consolando, aunque no necesito consuelo, sólo un café doble.
1:30. Risas en el Gris. Hago recuento de mi día. Y del tío que insistió en la suerte que tenía. Ahora me doy cuenta de que no le faltaba razón. Soy un hombre con suerte. Y con los dos pezones intactos.
3:00: Llego a casa. Espero encontrarme a Mazinger durmiendo como un tronco pero no. Está espídico, entonces supongo que es por culpa de las bolitas con pinchos que tiene por todo el pelo. Así que me pongo a quitárselas y me paso una hora tijera en mano trasquilándolo.
10:30: (De esta mañana) Me levanto y noto a Mazinger cambiado. ¿Qué le ha pasado en el pelo? Entonces me acuerdo de cómo llegué a casa…
lunes, 27 de julio de 2009
Tardes de domingo
Que sirva la foto de respuesta.
(Ah, si pincháis sobre la foto, la veréis en toda su calidad)
miércoles, 22 de julio de 2009
Probando
Hoy he utilizado mi cámara en su función de vídeo. Aún no controlo el programa de edición, pero con una música adecuada, los chicos de Air, me ha quedado esto muy Sofía Copolla.
domingo, 19 de julio de 2009
El síndrome de Venecia
Todos conocemos en qué consiste el síndrome de Estocolmo. Se produce cuando un rehén o un secuestrado acaba desarrollando algún tipo de sentimiento afectivo por su secuestrador. Porque por muy perverso que pueda parecer el secuestrador es su conexión con el mundo, su cordón umbilical, el proveedor de alimentos, y aunque lo tenga retenido contra su voluntad de alguna manera se preocupa por él, lo mantiene con vida. El secuestrado así acaba creyendo que de el carcelero es su salvador. Y de ahí al amor hay un paso.
Bien, hablemos de otro síndrome, que me acabo de inventar, el síndrome del profesor de autoescuela. Como el nombre es muy poco glamuroso he decidido cambiarlo por el de una ciudad europea. Mi autoescuela se llama Venecia, así que a partir de ahora lo bautizo así, el síndrome de Venecia. ¿En qué consiste? Es similar al del Estocolmo, pero menos truculento. Mario, mi profesor me ha puesto sobre la pista. Hoy me contaba que una alumna se había enamorado de él. Y en la primera semana además. Mientras me lo cuenta yo sonrío porque no me lo acabo de creer pero él insiste y me asegura que ella le declaró su amor al séptimo día. La pobre está tan colada que ya lleva 5 suspensos y Mario teme que no tenga ninguna intención de aprobar en las próximas convocatorias porque eso supondría dejar de dar clase con su amado. Su amado, o sea Mario, para que os hagáis una idea es un señor de 43 años, bajito, rechoncho, con la nariz grande y los ojos pequeños y un poco juntos. Mario hoy bromeaba conmigo y me decía que en su juventud había tenido un buen culo y unas buenas piernas, pero ahora tiene un donuts, así llama él a su barriga. Mario no es precisamente Richard Gere, no sé si os hacéis una idea. En su favor habrá que decir que es un muy buen tipo, educado, amable, paciente, divertido, sabe hablar y escuchar y tiene pinta de ser un buen padre y un buen amigo. Así que siendo justos tampoco es tan raro que alguien se enamore de él, pero no sé si en la primera semana. Mario tiene una teoría y como es un hombre inteligente y sensato, me ha convencido. Según él, los/las alumnos/as sienten desde el primer día que dan clase que ponen la vida en manos del profesor, él no sólo les enseña a conducir, sino que también les protege ante los posibles accidentes. Además los profesores, o algunos de ellos, son pacientes, amables, a la vez que exigentes. A veces te animan y otras te meten mucha caña. Vamos, que dan una de cal y otra de arena. ¿Hay algo que enganche más que eso? Mario me dice que no es la primera vez que una alumna se enamora de él. Que ya le ha pasado varias veces. La anterior fue una mujer que llevaba 20 años casada y de repente vio en Mario a una persona que la escuchaba atentamente, la alentaba, la protegía, algo que también había hecho su marido los primeros años de casados pero luego todas esas atenciones habían desaparecido. Mario cuando estas mujeres les declaran su amor, les intenta explicar que no se están enamorando de él, sino del profesor. Que él en su vida diaria, a veces no es tan atento, ni tan considerado, y mucho menos es un salvador, ya que no tiene un volante y un pedal para protegerlas ante los choques de la vida.
Ese pues es el síndrome de Venecia, una mezcla entre el síndrome de Estocolmo y el poder seductor de un profesor universitario, pero con un aliciente mayor, ya que ante el profesor no sientes que pongas tu vida en sus manos, con el de autoescuela sí. Y eso, al igual que con el secuestrador, es algo que puede enganchar y sobre todo confundir.
Tranquilos, la buena noticia es que yo no estoy enamorado de Mario. No es precisamente mi tipo.
La mala noticia es que mañana me toca ir en el coche con él y con la chica que está fervientemente enamorada de él. Tres horas de clase además. Por eso Mario hoy me ha contado la historia, para ponerme sobre aviso. Vamos, que mañana voy de carabina. Y tal vez a ella no le siente demasiado bien que Mario también me colme de atenciones y me aliente con su amabilidad y exigencia. ¿Se creerá ella lo que no es? ¿Estará dispuesta a compartir a su amado conmigo? ¿Cómo será una mujer celosa y enamorada, a la vez que inexperta al volante? ¿Debería hacer testamento? Ah, cuantas preguntas para un domingo por la noche...
Bien, hablemos de otro síndrome, que me acabo de inventar, el síndrome del profesor de autoescuela. Como el nombre es muy poco glamuroso he decidido cambiarlo por el de una ciudad europea. Mi autoescuela se llama Venecia, así que a partir de ahora lo bautizo así, el síndrome de Venecia. ¿En qué consiste? Es similar al del Estocolmo, pero menos truculento. Mario, mi profesor me ha puesto sobre la pista. Hoy me contaba que una alumna se había enamorado de él. Y en la primera semana además. Mientras me lo cuenta yo sonrío porque no me lo acabo de creer pero él insiste y me asegura que ella le declaró su amor al séptimo día. La pobre está tan colada que ya lleva 5 suspensos y Mario teme que no tenga ninguna intención de aprobar en las próximas convocatorias porque eso supondría dejar de dar clase con su amado. Su amado, o sea Mario, para que os hagáis una idea es un señor de 43 años, bajito, rechoncho, con la nariz grande y los ojos pequeños y un poco juntos. Mario hoy bromeaba conmigo y me decía que en su juventud había tenido un buen culo y unas buenas piernas, pero ahora tiene un donuts, así llama él a su barriga. Mario no es precisamente Richard Gere, no sé si os hacéis una idea. En su favor habrá que decir que es un muy buen tipo, educado, amable, paciente, divertido, sabe hablar y escuchar y tiene pinta de ser un buen padre y un buen amigo. Así que siendo justos tampoco es tan raro que alguien se enamore de él, pero no sé si en la primera semana. Mario tiene una teoría y como es un hombre inteligente y sensato, me ha convencido. Según él, los/las alumnos/as sienten desde el primer día que dan clase que ponen la vida en manos del profesor, él no sólo les enseña a conducir, sino que también les protege ante los posibles accidentes. Además los profesores, o algunos de ellos, son pacientes, amables, a la vez que exigentes. A veces te animan y otras te meten mucha caña. Vamos, que dan una de cal y otra de arena. ¿Hay algo que enganche más que eso? Mario me dice que no es la primera vez que una alumna se enamora de él. Que ya le ha pasado varias veces. La anterior fue una mujer que llevaba 20 años casada y de repente vio en Mario a una persona que la escuchaba atentamente, la alentaba, la protegía, algo que también había hecho su marido los primeros años de casados pero luego todas esas atenciones habían desaparecido. Mario cuando estas mujeres les declaran su amor, les intenta explicar que no se están enamorando de él, sino del profesor. Que él en su vida diaria, a veces no es tan atento, ni tan considerado, y mucho menos es un salvador, ya que no tiene un volante y un pedal para protegerlas ante los choques de la vida.
Ese pues es el síndrome de Venecia, una mezcla entre el síndrome de Estocolmo y el poder seductor de un profesor universitario, pero con un aliciente mayor, ya que ante el profesor no sientes que pongas tu vida en sus manos, con el de autoescuela sí. Y eso, al igual que con el secuestrador, es algo que puede enganchar y sobre todo confundir.
Tranquilos, la buena noticia es que yo no estoy enamorado de Mario. No es precisamente mi tipo.
La mala noticia es que mañana me toca ir en el coche con él y con la chica que está fervientemente enamorada de él. Tres horas de clase además. Por eso Mario hoy me ha contado la historia, para ponerme sobre aviso. Vamos, que mañana voy de carabina. Y tal vez a ella no le siente demasiado bien que Mario también me colme de atenciones y me aliente con su amabilidad y exigencia. ¿Se creerá ella lo que no es? ¿Estará dispuesta a compartir a su amado conmigo? ¿Cómo será una mujer celosa y enamorada, a la vez que inexperta al volante? ¿Debería hacer testamento? Ah, cuantas preguntas para un domingo por la noche...
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