A Alejandro le pone de los nervios los grafittis que inundan las paredes de Malasaña. Pocas cosas lo vuelven tan irascible. Mazinger sin embargo, ignora las pintadas, como bien se ve en la foto, y se muestra irascible sólo cuando desde el balcón ve que en la plaza ya tienen una buena montada todos sus colegas perrunos. "¿Qué hago yo aquí arriba atrapado con esa fiesta que hay abajo?" Parece gritar con cada ladrido y cada gruñido agudo. Gruñidos que por la mañana al despertarse suenan igual que los que Spielberg utilizó para dar sonido a sus dinosuarios de Jurasic Park. Así que ya sabéis de donde se inspiró para que sus bichos enormes se expresaran, de un westy peludo, pequeño, blanco o más bien gris como el mío.
A mí sin embargo estos días me ponen irascible otras cosas. O más bien sólo una cosa. Que a varios de mis colegas, amigos, conocidos o vecinos les haya dado por criticar mi serie sin ningún tipo de piedad. Sé que lo debería encajar con humor y buena letra, pero aunque a veces lo consigo otras los muros de la presa que contienen mi rabia se agrietan y ya no hay manera de parar ese torrente de irascibilidad que no sabía que llevaba dentro. "¿Pero los alumnos de ese instituto cuando van a clase? ¿Hacen algo más que tener sexo? ¿Cómo le dais papel a ese lerdo? ¿por qué se drogan tanto? ¿o por qué han dejado de drogarse?" Hasta aquí yo aguanto estoicamente, pongo mi mejor sonrisa, me armo de paciencia y respondo con buen humor. Pero ante afirmaciones tales como la siguiente: "Cómo se nota que vende la carnaza, que no ponéis otra cosa" Pues yo ya no puedo evitarlo y salto. "A mí es que la carnaza me gusta, mira tú por donde" A lo que el desgraciado de turno me contesta: "Claro, es tan narrativa la carnaza" Cuento hasta 10 para no hacerle tragar al crítico aficionado la correa de mi perro. Y le contesto con algún improperio ciertamente elegante, sobre todo teniendo en cuenta que mi deseo era que se tragara enterita y sin masticar la correa. El improperio no le sienta bien, vaya usted a saber por qué (los criticos llevan peor que nosotros que les critiquemos) y me dice, "pero no te mosquees, hombre, si yo la serie la verdad es que no la veo" Grrrr... "¿Entonces pa que opinas? ¿pa qué opinas? ¿Te digo yo lo mal que envuelves los paquetes en el puesto de embalaje de la FNAC? ¿eh, te digo yo el coeficiente intelectual que hace falta para haber alcanzado tan alto puesto de trabajo en la vida? ¿Eh, te digo yo lo bajito que eres que casi no llegas al mostrador? ¿Eh, te lo digo? ¿Te lo digo? ¿Te lo digo? ¿Te he hecho tragar acaso la correa de mi perro? ¿Eh? Enano, feo, ya te gustaria poder enseñar a ti carnaza."
Bien, como veis, la irascibilidad se ha desbordado. Eso sí, sólo en mi mente. Porque el crítico aficionado sólo ha escuchado mi gruñido, aunque mi enfado interior debía ser bastante transparente. Para no explotar ante el siguiente comentario del crítico inoportuno, (porque el tío siguió, sí) llamo a Mazinger y lo subo a casa. En el ascensor me encuentro con la vecina del cuarto. Y la buena mujer me suelta "uy, tienes que darle menos de comer a tu perrito. Está gordo" Y entonces sí, entonces sí que quiero que la señora abra bien la boca, para que le quepa entera la correa. Porque esta sí que se la traga. ¡Vas a ver tú lo que es estar gorda! Pero no, claro, soy educado y sonrío. A pesar de las veces que la buena mujer ha subido a protestar por tonterías, por goteras diminutas, a pesar del día que entró impunemente y sin llamar a mi casa con una llave que le había dejado para una emergencia, y llegó hasta la habitación donde estaba durmiendo en bolas y me dice: "Uy, no sabía que estabas, pero tápate." ¡Que estoy en mi casa, señora. En mi casa !
Así que después de que haya llamado gordo a mi perro llego a casa y grito: "Mi perro estará gordo pero usted necesita una buena crema hidratante, qué digo una crema, un lifting, vieja!.
¿Irascible yo?
¡Y Mazinger no ladres, no ladres, que no está el horno pa bollos!