martes, 16 de junio de 2009

El pasado

Samuel, el personaje que interpretaba Ernesto Alterio en La chica de Ayer, decide quedarse en el pasado, en la España de finales de los 70 por amor. Porque su chica está en ese ayer, en ese pasado. Hay personas que por amor cambian de casa, de ciudad, de país, de familia. Samuel da un paso más y decide quedarse en un país que ocupando el mismo espacio físico que España ocupa ahora tiene bastante poco que ver con el país en el que nos hemos convertido 30 años después.
En ese pasado su madre es joven, su padre un desastre de hombre, y él tendrá que convivir de alguna manera con su yo niño. Metafísica pura, supongo. Y ficción, claro. Aunque a veces la realidad no está tan lejana, cuantos siguiendo a la persona amada, al cambiar de país, también han cambiado de época. Porque no todo el planeta va al mismo ritmo, obvio. Algunos países aún viven anclados en el pasado, y les queda muchísimo trecho por recorrer para convertirse en lugares donde la mujer esté valorada igual que el hombre, los derechos humanos sean una realidad y la tortura deje de ser el método más común de interrogar a los detenidos. Así que el viaje en el tiempo que hace Samuel en realidad no es tan de ciencia ficción como pudiera parecer. Sólo cabe esperar que dentro de 30 años, esos países con regimenes totalitarios, recorran la misma distancia que hemos recorrido nosotros.
¿Qué, no puedo soñar el día de mi cumpleaños?

viernes, 12 de junio de 2009

Cruzar la línea

Nos pasamos la vida traicionándonos. O mejor, nos pasamos la vida justificando nuestras traiciones. Crecer es eso, adaptar nuestros ideales a la realidad. Pero todos tenemos un tope, una línea en la que decimos hasta aquí. De aquí no pasamos. Porque si pasamos de ahí ya no podremos dormir por las noches ni mirarnos al espejo.
No sé si el empresario que decide tirar a la basura el brazo amputado de su obrero se da cuenta esa noche de que ha cruzado la línea. ¿O todavía podrá justificarlo? Tal vez esa noche pensara, hice lo mejor, tengo un negocio, una familia que mantener, y también a otros obreros. Hice lo mejor, o lo que tenía que hacer, y además estaba claro que no se lo iban a poder coser, el corte no era limpio. Hice lo mejor.
A mí siempre me han fascinado las mujeres de los maridos mafiosos, o corruptos, ¿saben o no saben lo que hacen sus maridos? Lo saben sin saber, lo saben a su manera, lo saben pero son expertas para consentir veladamente, mirando hacia otro lado. No sé si el empresario que tiró a la basura el brazo amputado de su obrero está casado o tiene familia. No sé si su mujer sabría desde hace mucho con quién está casada, y si a la manera de esas mujeres de las que estoy hablando justificaba todos los chanchullos de su marido. Esto es lo que se hace cuando uno está en esos puestos, son decisiones difíciles pero hay que tomarlas, yo no me voy a meter en lo que hace mi marido, me mantiene a mi y a nuestros hijos, nunca nos ha faltado de nada. Cumple. Hace lo que tiene que hacer, la vida es así.
Pero ahora que sabe que su marido ha tirado a la basura el brazo amputado del obrero (repito la frase una y otra vez, porque es tan brutal que me cuesta creérmelo) ahora que lo sabe, ¿cómo podrá dormir con él por la noches? O tal vez por fin se dé cuenta de que su marido ha cruzado la línea y que si ella lo apoya en esto también la habrá cruzado.
¿Pedirá el divorcio alegando que su marido ha tirado a la basura el brazo amputado de su obrero o seguirá durmiendo con el monstruo?

miércoles, 10 de junio de 2009

Examen teórico

Hace una semana decidí sacarme el carnet de conducir como muchos ya sabréis. Así que me he puesto a ello. Ayer hice el examen teórico y ahora mismo acabo de saber el resultado. He aprobado, no he fallado ni una. No está mal para haberme estudiado el libraco de la autoescuela en 7 días. Y no está mal sobre todo porque hace siete días no sabía ni cómo era la señal del ceda al paso. Conocía la de stop, eso sí. Me doy autobombo porque será el único momento glorioso en toda esta carrera. Luego llegarán las prácticas, el examen... Y ahí me daré por satisfecho si lo saco a la tercera o a la cuarta.
En esta semana un nuevo mundo se ha abierto ante mí. Era un ciego, un iletrado para tanto signo y señal como había por calles y carreteras y ahora veo. Ahora leo. Incluso estoy dándome cuenta de que un coche además de rojo, azul o blanco, también puede ser Renault, Opel, Nissan...
Un mundo nuevo ya os digo.

37

Leo una novela en la cola del supermercado mientras espero mi turno. Oigo jaleo a la derecha. La cola de al lado apenas se mueve, hay problemas en la caja y finalmente deciden rendirse a la evidencia y cerrarla. No funciona. Los que estaban esperando protestan pero acaban aceptando ir a la caja de al lado respetando su turno. Protestan todos menos dos chicas chinas que apenas entienden español y se quedan en la cola. Intentan explicarles que la caja no funciona. Una señora octogenaria, que iba detrás de ellas, al ver que no se enteran decide aprovecharlo a su favor. “Pues las dejamos aquí, ya se darán cuenta” Menos mal que la cajera acude en su ayuda y con gestos les indica que la caja está rota y las ayuda a trasladar sus dos carros. Los carros están hasta arriba de latas de cerveza, de la marca más barata. Hago un cálculo y llego a la conclusión de que habrá como 500 cervezas en cada carro. Supongo que serán las que luego venderán por la noche en la calle hasta las tantas de la madrugada. Lo supongo porque son las mismas latas que me encuentro a cientos por las mañanas tiradas en la plaza. Latas vacías que Mazinger esquiva como puede.
En la cola una niña de tres años juega con un bote de lejía de tres litros, ante la mirada ausente de la madre. A nadie le sorprende. Me llega el turno y voy poniendo mi compra en el carro. Botellas de Ribeiro, queso light, jamón serrano, papel de cocina, latas de pulpo, melocotontes, medio melón, latas de atún, golosinas para Mazinger… Y entre todas esas cosas, dos velas con una cifra. Una vela es un 3 y la otra un 7. Mientras pasan por la cinta, espero que la cajera al cobrarlas me mire y me pregunte. "¿Tu cumpleaños? ¿37? Caramba, pues no los aparentas.”
Pero la cajera las cobra sin dirigirme la palabra. ¿Aparentaré 37? ¿Cómo es posible si aún me quedan 6 días para cumplirlos?
La niña sigue con la botella de lejía.
La octogenaria hace un requiebro para colarse delante de las chinas. No lo consigue.

domingo, 7 de junio de 2009

Ana

Conocí a Ana, la madre de Aldo y Nora, el primer día de la facultad, no sé qué día de octubre de 1990. Llevaba el pelo corto, y las mismas patillas de Lizza Minelli en Cabaret. Era la más moderna y la más guapa de la clase. Morena, delgada y de ojos grandes y expresivos. Yo, que venía de la Galicia profunda, decidí desde ese momento que sería mi amiga. A eso había venido yo a Madrid, a conocer a gente como ella. Coincidimos en el grupo de teatro de la Complutense, y ahí se forjó la amistad. Era la más madrileña, la más urbana, y con el acento más carabanchelero que yo podía imaginar. Alegre hasta el contagio, de carácter contundente, impulsivo y sensato, y con una capacidad para contar y transmitir todo lo que pensaba de la que sólo soy consciente ahora cuando muy de vez en cuando me la encuentro. Y no ha perdido ninguno de sus encantos. A Ana le pasa igual que a todas mis amigas de la universidad, a sus 36 o 37 años, conservan la belleza y la juventud de alguien menor de 30. Y eso que algunas, como ella, ya son madres de uno o dos niños. No sé qué clase de pacto habrán hecho con el diablo.
Todos los personajes femeninos que he escrito en mi vida tienen algo de ella. La he admirado en cada etapa de su vida. De estudiante, libre en el amor, luego en pareja, primero con aquel chico negro, (menciono su raza porque en los 90 Madrid aún no era tan multiétnica como ahora) que había sido soldado profesional, y nos tenía a todos acojonados. Y ya después y hasta ahora con el padre de sus dos hijos. Fue la actriz de nuestros cortos, gogó, fotógrafa, y después la vida le fue llevando, como a muchos de nosotros, a la tele, y ahí sigue trabajando. Compagina trabajo y maternidad, y como tantas mujeres de su edad y en sus circunstancias, saca horas al día donde no hay. Así que ahora está en la etapa superwoman. La veo poco, pero siempre que coincidimos es como si no hubiera pasado el tiempo, ella lo hace todo fácil y natural. De ella, al igual que de Laura y Agustín, o de Marcos y Elena, me nutro a veces para mis historias de padres e hijos que no sé por qué tanto me gustan. Yo soy el primer sorprendido.
La vi ayer por el barrio, de casualidad, con Salud y Raquel. Comimos pizza, bebimos cerveza y acabamos en un bar de moda tomando un café con tartas. Y no hablamos ni una sola vez del pasado, con ellas el presente es más que suficiente.

Ana en la función del colegio

Ana lleva a su hija Nora a ver a su hermano Aldo en la función del colegio. La clase está llena de padres, tíos y abuelos que también van a ver a sus respectivos niños actuar y cantar. El espectáculo es como casi todos los escolares parte desastre, parte improvisación, parte diversión y ternura. Uno de los profesores ejerce de maestro de ceremonias y como entre actuación y actuación transcurre más tiempo del planeado el buen hombre tiene que improvisar y les cuenta algo. Él y su mujer están dándole vueltas a la idea de tener un niño y que cuando se lo comentan a amigos todos les hablan de los sacrificios que supone traer una criatura al mundo y de lo que les va a cambiar la vida. El profesor conoce pues de sobra la parte negativa pero quiere aprovechar ese momento, ahora que tiene a tantos padres delante, para que le cuenten si hay algo alegre, o feliz en todo este lío de la paternidad y si al final compensa. Lanza la pregunta al aire y ningún padre ni ninguna madre se atreve a contestar. Se produce un silencio un poco tenso hasta que una abuela se arranca. Y le viene a decir que sí, que es un lío, que tu mundo se convierte en otra cosa, que todo son prisas, sacrificios, llevarlos al médico y al colegio, la casa siempre desordenada y estar media vida preocupada por ellos, y los gritos y las voces, y que ya no quedas con amigas y ni soñar con ir al cine o a tomar el vermut, pero que al final del día, cuando duermen, te entra una paz, una paz… Y ahí todos los padres rompen a reír. Porque todos se han visto reflejados en ese sentimiento tan certero de la abuela. Al final del día hay paz. Y al verlos ahí tan quietecitos y tan dormidos todo o casi todo merece la pena.

¿Y de qué será la mancha esa del sofá?

Seattle

Él no se casó con una mujer se casó con su mundo. Él, que en el instituto se había acostado con las más guapas, en su barrio con las más inaccesibles, en su trabajo con las modelos que todos soñaban, él que vivió mil explosiones fugaces de amor, él, al final, se casó con ella. Con su jardín, con su música, con su familia. Y su vida se llenó de las voces de Miguel Poveda, de Juan Luis Guerra, de Chavela Vargas, de los sabores de la papaya recién exprimida, del maracuyá, del olor a azahar, a musgo húmedo y a plátano frito, de la luz de los domingos por la mañana en esa casa de un Seattle en el que muchas veces llovía pero allí, en ese hogar de madera de abeto y tan pegadito al mar, nunca.
Y cuando los periodistas le preguntaban por qué había abandonado una carrera tan prometedora de fotógrafo de moda, él se limitaba a sonreír, mientras pensaba, ¿cómo no iba a abandonarla si me encontré con la vida?