
Paseando a Mazinger me encuentro el cartel de la foto en una marquesina de autobús. Aunque no soy fan de la Guerra de las Galaxias he de decir que la campaña me hace gracia. Y me gusta eso de que todos tenemos a alguien a quien agradecerle lo que somos.
Yo no sería quien soy evidentemente sin la educación y el amor de mis padres. Y no trabajaría seguramente en lo que trabajo si no fuera por las miles de horas que me pasé delante de la tele. (Aún recuerdo a mi madre echándome la bronca al asegurarme que no iba a sacar nada bueno de tantas horas pegado a la pantalla. Y mira, tampoco me ha ido tan mal)
Y no sería un lector apasionado si mi tía Amalia no me hubiera dado a leer el primer libro y el segundo. Y lo importante que habrá sido eso en mi vida y lo que me habrá definido. De mi madrina Eva, que se puede hablar con amabilidad hasta con el que está justo a las antípodas de tu pensamiento. Puede parecer muy tonto, pero eso también ha ayudado mucho a mis relaciones personales, de amistad y laborables.
No tendría cuatro conocimientos básicos de historia contemporánea sin la lucidez del profesor que tuve en COU (qué antiguo queda ya eso de COU, madre) Plácido. Y no hubiera aprendido unas cuantas cosas sobre la vida gracias a Macario, el profe de latín. De latín eso sí, aprendí cero. Y a Marosa, la profe de mates, ella me enseñó que la vida es para vivirla bien. (Amalia, Macario, Plácido, Marosa, ... Grandes nombres, para que luego me pregunten por qué le pongo nombres raros a mis personajes)
Alonso de Santos me enseño los rudimentos, y me mostró las herramientas básicas para lanzarme a escribir. Y de Ignacio del Moral y de Joan Barbero aprendí que se podía ser buen guionista y además buena persona. Que no es poco. Sin los años de El Comisario yo no sería el guionista que soy ahora. Lo malo lo aprendí del cine guarro que me gusta, no le echemos la culpa a los maestros de eso.
De mi jefe Goyo aprendí que la tele es ante todo entretenimiento. Espectáculo. Y que si sabes hablar con inteligencia y tu discurso es coherente, tienes muchas puertas abiertas.
De Almodovar aprendí que nunca querré ser famoso, y que siempre siempre hay que ser honesto y arriesgado en lo que escribes. De Amenábar aprendí que hay que ser apasionado, tozudo, trabajador incansable, para llegar a la meta que te marques.
Y de Mazinger, todo un yoda de sabiduría, aprendí que existen los sábados y los domingos por la mañana, y que es un placer pasear cuando la ciudad, o al menos los noctámbulos, todavía duermen.