Hoy me despierta el sonido de un mensaje en mi móvil. Son las 9 de la mañana (Sí, no he madrugado mucho...) Lo envía Javi Quintas, el director del capítulo que se emitió anoche, el último de la temporada. "Si me lo ha enviado tan pronto tienen que ser buenas noticias", pienso. Con los guionistas he apostado una cena. Una apuesta absurda y sin riesgo porque desde el principio me he sabido ganador. Los muy entusiastas han decidido que si somos líderes del día, si derrotamos a CSI, yo les invito en donde ellos quieran. Y si quedamos segundos o terceros les toca pagar a ellos. Como digo, una apuesta sin fuste. Es imposible que con nuestros datos de temporada, aunque hayamos ido subiendo cual hormiguitas, derrotemos a CSI.
Me levanto y miro el mensaje de Quintas: "Hasta el infinito y más allá... Y CSI sintió nuestro aliento en la nuca. Y luego lo dejamos tumbado en la mesa del forense rendido. 22,1 de share. 3.919.000 espectadores. Enhorabuena"
Glubs... pienso. No sé cómo interpretar el mensaje, ¿hemos casi empatado con CSI en su primer capítulo y luego le hemos ganado en el segundo? Decido que esa es la interpretación correcta y que así me libro de pagar la cena. Porque los términos de la apuesta eran claros. Teníamos que derrotar a CSI en su totalidad no sólo en el segundo capítulo.
Los mensajes siguen llegando. Esta vez de Darío: "Oe, oe, oe... Soy un profeta (y hasta me quedé corto) Felicidades."
Me meto en la ducha y Jaime Vaca, uno de los guionistas y desde ahora el hombre que me vio llorar al recoger a Mazinger, me llama insistentemente. Le devuelvo la llamada.
-¿Quién va a pagar una cena?-pregunta.
-No, no- protesto- los términos eran claros, teníamos que derrotar a CSI
-¡Y los hemos derrotado, Montero! Métete en la página de Vertele, lo dice bien clarito:" FOQ arrebata el liderazgo a CSI"
-¿Cómo? ¿En serio?-Pregunto perplejo, mojado y aún medio dormido.
-Que ellos han hecho un 20 y nosotros un 22! ¡Toca pagar cena!
Yo sonrío anodadado. Mierda. Me va a salir por un pico haber derrotado a CSI. Y ahora todo el equipo de la serie dando botes de alegría y yo pensando en que no sé para qué apuesto. Si siempre pierdo. Siempre. Hasta cuando gano, como en este caso. Menos mal que no jugué en Las Vegas.
Llegan más mensajes, ahora de otro guionista, Carlos Ruano: "Espero que te hayan pagado ya los de la SGAE porque esto te va a salir caro"
¿No me jodas? Sudores fríos. ¿Pero estos a donde querrán que les lleve? ¿Por qué tenemos que ganar precisamente hoy a CSI?
Más mensajes, esta vez de Susana: "Peazo audiencia, muchas felicidades!! Y Michel que se va... Me rompéis el corazón"
Otro de Miguel: "Oe, oe, oe... FOQ arrebata el control a CSI"
Yo, aún digiriendo por cuanto me va a salir la noche, contesto a Miguel: "Sí, una buena audiencia, aunque para eso hayamos tenido que matar a uno de los protagonistas y enterrarlo entre muchas y muchas y muchas lágrimas"
Más mensajes. Esta vez Goyo, mi jefe, que manda un escueto: "Felicidades" Es tan escueto, él tan amigo de la oratoria, que no sé muy bien como interpretar. La clave me llega media hora después. Otro guionista, esta vez de otra serie:
"Cuidanos a Goyo, que ya se le había olvidado lo que era esto de que tantos millones de espectadores vieran "su obra" Capitulazo. Enhorabuena" Así que me imagino a Goyo entre la euforia, el delirio y el "yo, yo, yo" De ahí que no me felicite con más entusiasmo porque sentiría que es felicitarse a sí mismo y eso, claro, está feo.
Más mensajes, ahora de Josep, el analista de la productora: "K viva la madre que te parió! Montero, capullo, queremos un hijo tuyo. Ayer lloraste? Felicidades por el capitulazo y que viva el lagrimeo (en su justa medida ya lo sé)" Lo que va entre paréntesis, que también es de Josep, viene a reflejar nuestra eterna pelea. Según él y los jefes, yo nunca dejo que todo mi "talento" salga para fuera porque el pudor me lo impide. Yo siempre disiento. Creo que soy impúdico, pero eso sí, de la escuela de que muchas veces menos es más. Aunque el capítulo de ayer no cumplía esa máxima, ayer los protagonistas lloraron más que en un programa de Gran Hermano. Y claro, arrasamos en audiencia. Así que no sólo he perdido la apuesta. Ahora también utilizarán este dato para que meta más sentimiento. Sentimiento a granel.
Nuevo mensaje, esta vez de Reyes, la productora ejecutiva: "Qué agradable sensación! Creo que Bruckheimer te va a hacer una oferta. Un abrazo y mucha inspiración para todos. Creo que somos un gran equipo. Besos."
En toda la mañana no ha parado de llover. Mazinger está inquieto porque apenas ha podido correr por la plaza. Y los mensajes siguen llegando. Me quedo con el de Félix, el guionista que no se emociona, nuestro asidero, nuestro escéptico del grupo, el que siempre nos devuelve a la realidad y que nunca se cree nada:
"Monterooooorrr!!!"
Vaya, hasta él se ha dejado llevar por la emoción. ¿O estará pensando en todo lo que va a cenar gratis esta noche?
martes, 9 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
Una noche en la cárcel (II)
Eran las 6 de la tarde del domingo, yo ya sabía que Mazinger había aparecido pero no podía recogerlo hasta el día siguiente. Iba a pasar la noche sin mi, y a saber en qué sitio. Y a saber en qué condiciones, a la intemperie seguramente, ladrando, con frío, en una cárcel de perros, rodeado de otros perros como él pero mucho más salvajes. Sin el calor del hogar, sin el calor de la calefacción, en una de las noches más frías del año... Ay...
No dormí. Me acosté, pero no dormí, porque me lo imaginaba ladrando, aullando, sin dientes, sin hocico, cojo, sangrando, mojado, aunque no llovía... En fin, que por mucho que me dijera, tranqui, Carlos, el perro está bien, y aunque esté mal de poco servirá que tú pienses que es una vícitma del sádico de Saw. Eso no le va ayudar en nada. Pero yo no podía evitar pensar que pasaba una noche en la cárcel y que era un castigo demasiado severo para una falta tan leve como perderse seguramente por seguir el rastro de una perra en celo. ¿Acaso Mazinger no tenía derecho a un escarceo, al amor, acaso el pobre vivía en una dictadura en la que se castigaba con una noche en la cárcel cualquier desorden mínimo?
Llamé a Jaime, el unico de los guionistas con coche y el único al que curiosamente no le caía bien Mazinger, para pedirle que al día siguiente me llevara al centro de concentración, digo, de protección de animales. "Ya sé que a ti Mazinger no te cae bien y que te comió el botón del abrigo ese que te compraste en Nueva York.. pero..." "No digas tonterías, claro que te llevo. Pobre chucho de los cojones"
A las 9 y media del lunes partimos hacia el centro. Hacía incluso más frío que el domingo y yo, trastornado como iba, aunque intentando disimularlo, olvidé la correa de Mazinger.
Llegamos allí. El centro era moderno, enorme. Y al ver que no se parecía en nada al centro que había imaginado en mis pesadillas, respiré aliviado. Llegamos a la garita del guardia y me tuve que bajar del coche para entregar mi DNI. Allí vi que el buen hombre estaba leyendo una biografía de Hitler. "Mal empezamos", pensé. "Menos mal que mi perro es de raza"
Dentro tuve que rellenar varios papeles mientras la funcionaria buscaba en un ordenador que no quería funcionar dónde estaba mi perro. "Aquí no lo vemos, ¿seguro que le dijeron que estaba aquí?" "Sí, sí, me lo dijeron, me lo dijeron"
Tardaron 20 minutos en dar con él. Eternos. "Aquí está, sí. " Una lagrimillla asomó a mi ojo, que yo reprimí con entereza y mucha voluntad. No pensaba llorar. Jamás. Y menos delante de Jaime.
Otra chica salió al frío de la explanada con un walki. "El perro está en España 9, en España 9" ¿Cómo que España 9? ¿Pero adónde habían traido a Mazinger? Primero el de la entrada leyendo a Hitler y ahora mi perro está en España 9? Pero... pero...
"Vaya hacia allá, ¿ve allí al fondo a esa buena mujer cubierta de los pies a la cabeza, echando un vaho que te cagas por la boca?" (Bueno, no dijo eso exactamente, eso fue lo que vi)"Pues vayan, que ella les acompañará"
Jaime y yo nos acercamos. Los ladridos de los perros eran cada vez más fuertes. Entramos al recinto. Un frío de morirse. Decenas de perros en jaulas individuales a la intemperie. Todos ladrando desesperados. Recorrimos el pasillo E 1, E2... hasta llegar a España 9. Y allí estaba Mazinger. Con frío, con las patas sucias, pero intactas, con sus dos orejas, su rabo y su hocico . "¡Mazinger!"
Yo no iba a llorar. Eso dije.
No, aquello no fue llorar. Fue lo siguiente. Lágrimas, hipidos, sollozos, temblequeo general. "Pobriño, pobriño"
Jaime al verme llorar también se contagió. Jaime, sí, el que odiaba a Mazinger. Dos hombretones de treinta y tantos llorando, ante la cara impertérrita de la guardiana de perros cubierta hasta las orejas. Porque ella sí iba abrigada, la hijaputa. Yo ya con al perro en brazos miro a Jaime. "¿Y tú qué haces llorando?"
"Coño, Montero, si es que tienes sentimientos y claro al verlo me he emocionado..." "Mierda de chucho, mierda de chucho" Hasta lo acarició y todo.
Durante el trayecto a casa en coche, no lo solté. El pobre estaba en shock, me miraba, me lamía, luego quería lamer a Jaime que iba conduciendo. "Quita chucho". Me miraba, me lamía, yo le abrazaba... Y así hasta que llegamos.
Esa noche, mientras veía el penúltimo capítulo de mi serie, Mazinger dormía a mi lado, calentito, pegado a mí. Y soltando esos pedos que sólo suelta cuando está muy relajado. "Ay" Me sentí como una estampa de Navidad. Celebrándola al calor de la familia.
No dormí. Me acosté, pero no dormí, porque me lo imaginaba ladrando, aullando, sin dientes, sin hocico, cojo, sangrando, mojado, aunque no llovía... En fin, que por mucho que me dijera, tranqui, Carlos, el perro está bien, y aunque esté mal de poco servirá que tú pienses que es una vícitma del sádico de Saw. Eso no le va ayudar en nada. Pero yo no podía evitar pensar que pasaba una noche en la cárcel y que era un castigo demasiado severo para una falta tan leve como perderse seguramente por seguir el rastro de una perra en celo. ¿Acaso Mazinger no tenía derecho a un escarceo, al amor, acaso el pobre vivía en una dictadura en la que se castigaba con una noche en la cárcel cualquier desorden mínimo?
Llamé a Jaime, el unico de los guionistas con coche y el único al que curiosamente no le caía bien Mazinger, para pedirle que al día siguiente me llevara al centro de concentración, digo, de protección de animales. "Ya sé que a ti Mazinger no te cae bien y que te comió el botón del abrigo ese que te compraste en Nueva York.. pero..." "No digas tonterías, claro que te llevo. Pobre chucho de los cojones"
A las 9 y media del lunes partimos hacia el centro. Hacía incluso más frío que el domingo y yo, trastornado como iba, aunque intentando disimularlo, olvidé la correa de Mazinger.
Llegamos allí. El centro era moderno, enorme. Y al ver que no se parecía en nada al centro que había imaginado en mis pesadillas, respiré aliviado. Llegamos a la garita del guardia y me tuve que bajar del coche para entregar mi DNI. Allí vi que el buen hombre estaba leyendo una biografía de Hitler. "Mal empezamos", pensé. "Menos mal que mi perro es de raza"
Dentro tuve que rellenar varios papeles mientras la funcionaria buscaba en un ordenador que no quería funcionar dónde estaba mi perro. "Aquí no lo vemos, ¿seguro que le dijeron que estaba aquí?" "Sí, sí, me lo dijeron, me lo dijeron"
Tardaron 20 minutos en dar con él. Eternos. "Aquí está, sí. " Una lagrimillla asomó a mi ojo, que yo reprimí con entereza y mucha voluntad. No pensaba llorar. Jamás. Y menos delante de Jaime.
Otra chica salió al frío de la explanada con un walki. "El perro está en España 9, en España 9" ¿Cómo que España 9? ¿Pero adónde habían traido a Mazinger? Primero el de la entrada leyendo a Hitler y ahora mi perro está en España 9? Pero... pero...
"Vaya hacia allá, ¿ve allí al fondo a esa buena mujer cubierta de los pies a la cabeza, echando un vaho que te cagas por la boca?" (Bueno, no dijo eso exactamente, eso fue lo que vi)"Pues vayan, que ella les acompañará"
Jaime y yo nos acercamos. Los ladridos de los perros eran cada vez más fuertes. Entramos al recinto. Un frío de morirse. Decenas de perros en jaulas individuales a la intemperie. Todos ladrando desesperados. Recorrimos el pasillo E 1, E2... hasta llegar a España 9. Y allí estaba Mazinger. Con frío, con las patas sucias, pero intactas, con sus dos orejas, su rabo y su hocico . "¡Mazinger!"
Yo no iba a llorar. Eso dije.
No, aquello no fue llorar. Fue lo siguiente. Lágrimas, hipidos, sollozos, temblequeo general. "Pobriño, pobriño"
Jaime al verme llorar también se contagió. Jaime, sí, el que odiaba a Mazinger. Dos hombretones de treinta y tantos llorando, ante la cara impertérrita de la guardiana de perros cubierta hasta las orejas. Porque ella sí iba abrigada, la hijaputa. Yo ya con al perro en brazos miro a Jaime. "¿Y tú qué haces llorando?"
"Coño, Montero, si es que tienes sentimientos y claro al verlo me he emocionado..." "Mierda de chucho, mierda de chucho" Hasta lo acarició y todo.
Durante el trayecto a casa en coche, no lo solté. El pobre estaba en shock, me miraba, me lamía, luego quería lamer a Jaime que iba conduciendo. "Quita chucho". Me miraba, me lamía, yo le abrazaba... Y así hasta que llegamos.
Esa noche, mientras veía el penúltimo capítulo de mi serie, Mazinger dormía a mi lado, calentito, pegado a mí. Y soltando esos pedos que sólo suelta cuando está muy relajado. "Ay" Me sentí como una estampa de Navidad. Celebrándola al calor de la familia.
Un día sin Mazinger (I)
Hay épocas del año en que vuelvo a tener ganas de arrancar proyectos nuevos. Noviembre, no sé por qué, es uno de esos meses en el que acaricio siempre la idea de escribir una novela. Después la pereza, el miedo, la autoestima baja, la vagancia absoluta, la urgencia del trabajo, las 24 horas ocupadas, hacen que me vaya olvidando de ese sueño. Este noviembre no ha sido diferente. Así que ahí estaba yo dándole vueltas, buscando un tema, un impulso, una idea para esa novela otoñal que nunca llega cuando perdí a Mazinger. Sin más, el domingo más frío del año a las 12 del mediodía en la plaza del Dos de mayo lo perdí. Yo estaba distraído y absorto en la conversación con Iván, mientras me contaba cómo sus padres le habían dado la espalda cuando descubrieron que era gay, y como había tenido que marcharse de casa y trabajar de camarero en Portugal y luego de peón de albañil en Suiza "peor que hacer la mili", dijo. Y de repente Mazinger ya no estaba.
Iván me ayudó a buscarle y luego Andrei y también Enrique y Lucía y más dueños de perros que fueron corriendo la voz por todo el barrio. Yo, que hasta la 1 y media había mantenido la calma, empecé a inquietarme. Sobre todo al ver la cara de preocupación de los demás. Gumer tampoco ayudaba. "Pobriño, estará por ahí solo, perdido, pasando frío, con hambre, pobriño..." Y seguía: "Cuando aparezca voy a tener unas ganas de abrazarle y pegarle, abrazarle y pegarle..." "Abrazarle y pegarle, qué desgraciado el Mazinger, mira que escaparse." Que sí, Gumer, que ya he pillado la idea.
A las 2 mi inquietud era evidente, a las 4 de la tarde ya estaba harto, cansado y desesperado de buscarle por todo el barrio. Y sabiendo que si estuviera por las calles próximas habría vuelto, porque esta zona la conoce de sobra. Pero algo tenía que hacer. Y salir del barrio era absurdo, porque fuera de aquí el resto era la inmensidad de Madrid. Que vale, no es tan grande como Sao Paulo, o Mejico DF, pero para un perro blanco, pequeño y mimado, Madrid es inmenso. Lo que no hice en mis paseos fue gritar su nombre. Imaginaos el panorama, yo gritando como un loco por las calles: ¡Mazinger, Mazinger! (¿Por qué no le puse Toby, o Lucky o algún nombre de perro?)
Durante esas horas mi mente era un hervidero, por un lado trataba de relativizarlo: Sólo es un perro. No pasa nada, a todos los dueños de perros le pasa alguna vez. Ánimo, aparecerá dándole al rabillo por cualquier esquina. Pero al segundo empezaba a pensar en todas las posibles muertes, raptos, accidentes que mi mente de guionista era capaz de imaginar. Y yo he escrito dos policiacos, uno de ellos muy tremendo, así que imaginaos mi talento para el drama. Inmenso, tanto como Madrid para Mazinger.
Antonio, el dueño de Micro, me dio la clave. Llama a la policía local. Lo hice y fueron especialmente amables. "Justo una compañera acaba de perder al suyo y estamos aquí sufriéndolo mucho. Ahora mismo alerto a todas las patrullas"
A las 5 y media llamé al registro de animales y ahí me dieron la noticia: "Su perrillo ha aparecido, lo encontraron a la 1 y media, ¿no le han llamado? "
¡No, no me han llamado!" Y en ese momento pensé, ¿Por qué no me han llamado? Si el perro estuviera bien me hubieran llamado, ¿no? A todo el mundo le gusta dar buenas noticias. Pero claro, han encontrado al perro mutilado, o muerto, o desangrado y no han tenido el valor de decírmelo.
Mis piernas se pusieron a temblar. Ellas solitas, sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo. Valor, Carlos. Llamé al número que me dio la chica del registro. Allí un señor borde, el primer borde del día, me dijo que sí, que lo habían encontrado y que no, no me habían llamado y que se lo habían llevado directamente al Centro de Protección de animales. ¿Estaba bien el perro? Sé que lo tuve que haber preguntado, pero no me atreví, no supe hacerlo, me fallaron las fuerzas. Prefiero no saberlo, pensé. Prefiero ir allí y enfrentarme a la realidad, sea cual sea. Prefiero tardar lo más posible en escuchar una mala noticia (igual que cuando me hago el remolón todos los martes antes de entrar en la página web para averiguar la audiencia de mi serie. Que sigue subiendo, por cierto) Así soy yo. Y ante mi carácter, mi estado de ánimo en esos momentos y la bordería del hombre, no me atreví a preguntarle si mi perro tenía aún las cuatro patas, todos los dientes, las dos orejas y el hocico.
"¿Dónde está el centro ese que voy corriendo a por él?" En la M 40, salida 30, me dijo. Su puta madre. Eso suena lejísimos. "Pero no puede ir a buscarlo hasta mañana. Hoy no hay personal administrativo porque es domingo"
¿Cómo? ¿No podía recoger a mi perro hasta el día siguiente? ¿Iba a pasar la noche allí? ¿En esa cárcel de perros, en ese campo de exterminio, en ese centro de reclutamiento? ¡Pobre Mazinger!
Iván me ayudó a buscarle y luego Andrei y también Enrique y Lucía y más dueños de perros que fueron corriendo la voz por todo el barrio. Yo, que hasta la 1 y media había mantenido la calma, empecé a inquietarme. Sobre todo al ver la cara de preocupación de los demás. Gumer tampoco ayudaba. "Pobriño, estará por ahí solo, perdido, pasando frío, con hambre, pobriño..." Y seguía: "Cuando aparezca voy a tener unas ganas de abrazarle y pegarle, abrazarle y pegarle..." "Abrazarle y pegarle, qué desgraciado el Mazinger, mira que escaparse." Que sí, Gumer, que ya he pillado la idea.
A las 2 mi inquietud era evidente, a las 4 de la tarde ya estaba harto, cansado y desesperado de buscarle por todo el barrio. Y sabiendo que si estuviera por las calles próximas habría vuelto, porque esta zona la conoce de sobra. Pero algo tenía que hacer. Y salir del barrio era absurdo, porque fuera de aquí el resto era la inmensidad de Madrid. Que vale, no es tan grande como Sao Paulo, o Mejico DF, pero para un perro blanco, pequeño y mimado, Madrid es inmenso. Lo que no hice en mis paseos fue gritar su nombre. Imaginaos el panorama, yo gritando como un loco por las calles: ¡Mazinger, Mazinger! (¿Por qué no le puse Toby, o Lucky o algún nombre de perro?)
Durante esas horas mi mente era un hervidero, por un lado trataba de relativizarlo: Sólo es un perro. No pasa nada, a todos los dueños de perros le pasa alguna vez. Ánimo, aparecerá dándole al rabillo por cualquier esquina. Pero al segundo empezaba a pensar en todas las posibles muertes, raptos, accidentes que mi mente de guionista era capaz de imaginar. Y yo he escrito dos policiacos, uno de ellos muy tremendo, así que imaginaos mi talento para el drama. Inmenso, tanto como Madrid para Mazinger.
Antonio, el dueño de Micro, me dio la clave. Llama a la policía local. Lo hice y fueron especialmente amables. "Justo una compañera acaba de perder al suyo y estamos aquí sufriéndolo mucho. Ahora mismo alerto a todas las patrullas"
A las 5 y media llamé al registro de animales y ahí me dieron la noticia: "Su perrillo ha aparecido, lo encontraron a la 1 y media, ¿no le han llamado? "
¡No, no me han llamado!" Y en ese momento pensé, ¿Por qué no me han llamado? Si el perro estuviera bien me hubieran llamado, ¿no? A todo el mundo le gusta dar buenas noticias. Pero claro, han encontrado al perro mutilado, o muerto, o desangrado y no han tenido el valor de decírmelo.
Mis piernas se pusieron a temblar. Ellas solitas, sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo. Valor, Carlos. Llamé al número que me dio la chica del registro. Allí un señor borde, el primer borde del día, me dijo que sí, que lo habían encontrado y que no, no me habían llamado y que se lo habían llevado directamente al Centro de Protección de animales. ¿Estaba bien el perro? Sé que lo tuve que haber preguntado, pero no me atreví, no supe hacerlo, me fallaron las fuerzas. Prefiero no saberlo, pensé. Prefiero ir allí y enfrentarme a la realidad, sea cual sea. Prefiero tardar lo más posible en escuchar una mala noticia (igual que cuando me hago el remolón todos los martes antes de entrar en la página web para averiguar la audiencia de mi serie. Que sigue subiendo, por cierto) Así soy yo. Y ante mi carácter, mi estado de ánimo en esos momentos y la bordería del hombre, no me atreví a preguntarle si mi perro tenía aún las cuatro patas, todos los dientes, las dos orejas y el hocico.
"¿Dónde está el centro ese que voy corriendo a por él?" En la M 40, salida 30, me dijo. Su puta madre. Eso suena lejísimos. "Pero no puede ir a buscarlo hasta mañana. Hoy no hay personal administrativo porque es domingo"
¿Cómo? ¿No podía recoger a mi perro hasta el día siguiente? ¿Iba a pasar la noche allí? ¿En esa cárcel de perros, en ese campo de exterminio, en ese centro de reclutamiento? ¡Pobre Mazinger!
martes, 18 de noviembre de 2008
Reflejo
Un primer plano del copiloto con el conductor reflejado en sus gafas de sol. También se ven las palmeras de Malibú. Hasta allí nos llevó Andrew, un amigo guionista de Los Angeles. La noche anterior, después de salir de un local a las 2 de la mañana, hora
a la que cierra la noche americana, los amigos con los que íbamos nos condujeron a casa de uno que daba una fiesta. Curiosamente ese uno era Andrew, al que yo conocía de Madrid, había sido uno de mis muchos profesores de inglés. De repente me sentí el chico más popular de Los Angeles. Los amigos americanos con los que íbamos flipaban. ¿Y este desgraciao cómo conoce al que está haciendo la fiesta más molona de la ciudad? De ahí nos fuimos a un casoplón en las colinas de Hollywood. Una piscina y a nuestros pies todo el valle de los Angeles iluminado en su infinitud. Fue otra imagen de película. Y desde ahora otro recuerdo de película.
Mojave
Mi sombra en el desierto de Mojave. (Siempre quise escribir esto) De regreso de Las Vegas, la ciudad más disparate del mundo, y que sólo puede existir en un país tan dado al exceso y sin complejos como Estados Unidos, tuvimos que parar para que el conductor y el copiloto durmieran un ratito la resaca de la noche de casinos en la que no gastamos ni un dolar. Yo, más fresco que una lechuga fresca e inmune al alcohol y al jet lag, me perdí por el desierto (Las Vegas es tan absurda que entre otras cosas está en medio del desierto, en medio de la nada) para sentirme pequeñito ante la inmensidad de esos parajes áridos e infinitos.
Qué conste que no me perdí mucho, siempre tenía de referencia la gasolinera y la estación de servicio en la que habíamos parado. No soy precisamente De la Cuadra Salcedo.
lunes, 17 de noviembre de 2008
Santos
He aquí una imagen típica de Los Angeles. La saqué mientras ibamos en el red cadillac gigante que tan bien condujo Jose Manuel. En un día se había hecho con las carreteras de la ciudad. Algo que aún me asombra. Y a los tres días ya le discutía a la vocecilla del GPS "Que no, tarada, que nos estás llevando por el camino largo, que te equivocas" Nos comimos atascos varios, viajamos a Las Vegas en coche y cada día haríamos una media de 4 o 5 horas metidos en el lujo rojo, de nombre cadillac, como si fueramos unos angelinos más. Hablando de ángeles. ¿Como un estado tan frívolo puede estar lleno de nombres bíblicos y de santos? Santa Barbara, Santa Mónica, San Diego, San Fernando, San Francisco, Santa Ana, Sacramento...
Good choice
En los aviones hay primera, business y turista. Para viajes cortos es de tontos ir en primera, para viajes largos es de pobres ir en turista. La diferencia entre primera y turista en un viaje largo es fundamental: Los que van en primera reciben más sonrisas por minuto, y cuando las azatas te dan a elegir entre pollo y pescado, o entre pasta y menestra, elijas lo que elijas siempre te responden con esta frase entusiasta: Good choice (Buena elección) Elijas lo que elijas. Si vas en turista, como nosotros, te dan la comida y listo. Esa es la gran diferencia entre turista y primera. Todo lo que digas si has pagado 7000 euros de billete es lo mejor que puedes decir. Si vas en turista mejor no digas nada. También hay otra diferencia, en primera vas recostado en un asiento cama como un principe. En turista, no. Ya nos hubiera gustado ir recostados en esos asientos cama.
Eso sí, una vez que bajamos del avión decidimos llevar una vida de primera. Dispuestos a que todo fueran "good choice". Así que nos quitamos los complejos, nos alquilamos el cadilac más grande y más rojo que encontramos "¿red cadilacc?, good choice, mister montero" y nos instalamos en la pedazo suite que veis en la foto "¿pedazo suite?, good choice, mister montero". Durante una semana vivimos como si hubiéramos conseguido el sueño americano y en la ciudad más apropiada, y que forma parte de nuestro imaginario colectivo, para llevarlo a cabo: L.A. Fue una semana de buenas elecciones. Y curiosamente también allí fue la semana de elecciones. Y decidieron una buena opción, la mejor. The best choice: Obama. Y nosotros lo vivimos en primera persona. Y en primera clase. Un lujo.
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