Andrés llegó cansado a casa. Le pesaba el maletín, el traje de 1600 euros y hasta la corbata. Era uno de esos días en los que necesitaba recordar lo ejercicios practicados con la sicóloga, la disciplina de no pensar, de no anticipar, de no dramatizar, para no caer cuesta abajo.
- ¿Sabes que tu hijo es un poeta?
Así le recibió Raquel, su mujer, que, sentada en la mesa de la cocina, miraba una página en internet desde su pequeño portátil blanco, regalo de él las navidades pasadas.
- ¿Un poeta? Cómo que un poeta? ¿Un poeta de los que escriben poesía? Estará enamorado.
- No, ven. Mira.
Ella tenía abierta la página de Youtube y pinchó sobre un vídeo. Era un montaje musical a modo de video clip elaborado con una canción de Damián Rice, triste, evocadora, reconfortante. Y sobre ese fondo musical las imágenes de dos pequeños robots que en realidad eran unos juguetes de cuerda que a su hijo le encantaban. Se movían de manera graciosa, caminaban el uno hacia al otro, como buscándose y cuando se encontraban, al chocar y debido al movimiento que producía el mecanismo de la cuerda, iniciaban una especie de danza que uno podía enseguida asociar al acto de hacer el amor. Porque esos dos robots gracias a la música de Damián Rice, no follaban, hacían el amor. Esas imágenes daban paso a unos cuantos iconos del messenger. Dibujos esquemáticos, infantiles y muy expresivos. Todos bastante tiernos, todos buscándose y encontrándose. El resultado era poético, sin duda. Y con el suficiente sentido del humor para no caer en lo cursi o en lo trascendente.
- ¿Eso lo ha hecho nuestro hijo?
- Sí.
- ¿Nuestro hijo el cenutrio que apenas habla?
- El mismo.
- Así que todas las horas que pasa encerrado en su habitación, colgado de internet no era sólo para ver porno...
Raquel asintió, estaba disfrutando del momento y se sentía tan orgullosa y sorprendida de su hijo como si le hubieran otorgado el premio Nóbel. Era la quinta vez que veía el video, y aún no se habituaba a la idea de que eso hubiera salido del cuerpo, de la cabeza de ese adolescente huraño y malencarado que apenas se comunicaba con ellos a través de monosílabos.
- Es bueno, ¿verdad?- Ella lo preguntó sólo para confirmar su respuesta, para comprobar que no le cegaba la subjetividad del mismo amor de madre que la llevó a creer que el cenicero que había hecho su hijo para ella en la escuela a los 7 años, era el cenicero más maravilloso que jamás alguien había hecho. (Qué tiempos aquellos donde los niños aún hacían ceniceros en la escuela)
- Muy bueno. ¿Te lo ha pasado él?
- ¿Qué dices?. La madre de Ricky. Se ve que su amigo le ayudó con el vídeo y está muy orgulloso de su colaboración.
- ¿Y Dani por qué no nos lo ha enseñado a nosotros?
- No debemos ser tan enrollados como la madre de Ricky.
- ¿Está en casa?
- Arriba, en su cuarto.
lunes, 9 de febrero de 2009
Sorpresas
Hace un par de semanas como muchos sabréis decidí traicionarme y me compré un mac. Después de años de fidelidad al pc, después de despotricar y envidiar a todos los que se pasaban al diseño de mac, yo me dejé de pamplinas y también caí en la tentación. Ahora escribo sintiéndome un personaje de película neoyorkina. Además de las ventajas de escribir en un ordenador con una pantalla que parece un cine, he descubierto otras nuevas. Entre ellas que he recuperado la información que tenía en otros ordenadores y la he pasado a este. Hoy me ha dado por rebuscar entre esos archivos y me he encontrado con varios cuentos que había escrito yo pero que no me acordaba de ellos. Y ha sido una sensación extraña, es como si estuvieran ahí dormidos, esperando que alguien los leyera, para que de repente tuvieran una vida propia y completamente ajena a mí. Me ha costado mucho reconocerme en ellos. De hecho por un momento he dudado si los había escrito yo o no. Desconcertante y muy agradable a la vez.
Voy a mostraros sólo uno. Es un poco más largo que los anteriores que he colgado, así que lo pondré en tres partes para no abrumaros. No tenía título, pero lo acabo de bautizar: El hijo con talento.
Voy a mostraros sólo uno. Es un poco más largo que los anteriores que he colgado, así que lo pondré en tres partes para no abrumaros. No tenía título, pero lo acabo de bautizar: El hijo con talento.
martes, 3 de febrero de 2009
El futbolista argentino
Después de haberos contado sobre una cantante country tampoco os va a extrañar ahora un cuento sobre un futbolista argentino, ¿o sí?:
El futbolista argentino
Él llegó a la barra del bar del hotel. Eran las 2 de la mañana. Apenas había nadie. Pidió un whisky. Dos butacas más allá un hombre que no llegaba a los treinta apuraba una copa. Se cruzaron las miradas. El que no llegaba a los treinta lo saludó con un gesto y una pregunta amable.
-¿Tampoco podés dormir? Puto jet lag.
Entablaron una conversación intrascendente y sin saber muy bien cómo acabaron compartiendo una mesa. Los dos querían comer algo y en la barra no estaba permitido.
-Me suenas de algo.
-Y a lo mejor me viste en la tele. Juego al futbol.
Tenía un ligero acento argentino, media melena y ojos negros.
-Ah, ya. Eso debe ser. Aunque apenas habré visto un partido. El fútbol no es lo mío- Y dicho esto lo miró largo rato, antes de sentenciar- Eres guapo.
El futbolista se quedó callado. Incómodo.
-No soy… de los tuyos.
-¿Gordo?
-Y no… gay.
El se limitó a sonreír. Era una sonrisa triste, que el futbolista malinterpretó.
-¿A qué viene esa sonrisa? Te digo que yo no soy de esos.
- Tranquilo, futbolista.
-Me llamás futbolista como si fuera un insulto.
-Tú me llamaste gay como si también lo fuera.
-Y no- protestó el futbolista- Yo soy respetuoso.
-Ya- Y ese “ya” sonó tan irónico como pretendía - Todo lo respetuoso que quieras pero no sabes aceptar el halago de un tío sin ponerte de los nervios.
Siguieron comiendo en silencio, hasta que el argentino preguntó:
-¿Por qué dijiste gordo? Vos no estás gordo.
Y entonces la noche mereció la pena.
El futbolista argentino
Él llegó a la barra del bar del hotel. Eran las 2 de la mañana. Apenas había nadie. Pidió un whisky. Dos butacas más allá un hombre que no llegaba a los treinta apuraba una copa. Se cruzaron las miradas. El que no llegaba a los treinta lo saludó con un gesto y una pregunta amable.
-¿Tampoco podés dormir? Puto jet lag.
Entablaron una conversación intrascendente y sin saber muy bien cómo acabaron compartiendo una mesa. Los dos querían comer algo y en la barra no estaba permitido.
-Me suenas de algo.
-Y a lo mejor me viste en la tele. Juego al futbol.
Tenía un ligero acento argentino, media melena y ojos negros.
-Ah, ya. Eso debe ser. Aunque apenas habré visto un partido. El fútbol no es lo mío- Y dicho esto lo miró largo rato, antes de sentenciar- Eres guapo.
El futbolista se quedó callado. Incómodo.
-No soy… de los tuyos.
-¿Gordo?
-Y no… gay.
El se limitó a sonreír. Era una sonrisa triste, que el futbolista malinterpretó.
-¿A qué viene esa sonrisa? Te digo que yo no soy de esos.
- Tranquilo, futbolista.
-Me llamás futbolista como si fuera un insulto.
-Tú me llamaste gay como si también lo fuera.
-Y no- protestó el futbolista- Yo soy respetuoso.
-Ya- Y ese “ya” sonó tan irónico como pretendía - Todo lo respetuoso que quieras pero no sabes aceptar el halago de un tío sin ponerte de los nervios.
Siguieron comiendo en silencio, hasta que el argentino preguntó:
-¿Por qué dijiste gordo? Vos no estás gordo.
Y entonces la noche mereció la pena.
La cantante country
Ahí va otra pieza más absurda si cabe: (El título una vez más lo dice todo)
La cantante country
Hola, soy Sara, la cantante country. ¿Te acuerdas? Seguro que sí, no creo que te hayas llevado a la cama a muchas cantantes countrys. Cuando te conocí tenía un año y un novio más del que te dije. Sí, me quité un año y me quité un novio. De las dos cosas te enteraste luego, no mucho más tarde, y no sé cual de las dos te molestó más. ¿Y por qué? Sólo era un año, sólo era un novio. Ninguna de las dos cosas tenía mucha importancia. Del novio me libré pronto. Del año, bueno, perdí 7 kilos y eso me hizo aparentar al menos dos años más joven. Pero no bastó. Me dejaste. Ahí, en medio de la explosión. Porque yo aún estaba en plena explosión de mi amor por ti.
No se abandona a nadie en medio de una explosión.
Si con esto consigo hacer la letra de una canción, que me dejaras casi habrá tenido sentido. No será tan absurdo. O sí, pero será un absurdo productivo.
Siempre reciclando el dolor. Esa soy yo. La mejor cantante country que ha dado este país de folclóricas.
La cantante country
Hola, soy Sara, la cantante country. ¿Te acuerdas? Seguro que sí, no creo que te hayas llevado a la cama a muchas cantantes countrys. Cuando te conocí tenía un año y un novio más del que te dije. Sí, me quité un año y me quité un novio. De las dos cosas te enteraste luego, no mucho más tarde, y no sé cual de las dos te molestó más. ¿Y por qué? Sólo era un año, sólo era un novio. Ninguna de las dos cosas tenía mucha importancia. Del novio me libré pronto. Del año, bueno, perdí 7 kilos y eso me hizo aparentar al menos dos años más joven. Pero no bastó. Me dejaste. Ahí, en medio de la explosión. Porque yo aún estaba en plena explosión de mi amor por ti.
No se abandona a nadie en medio de una explosión.
Si con esto consigo hacer la letra de una canción, que me dejaras casi habrá tenido sentido. No será tan absurdo. O sí, pero será un absurdo productivo.
Siempre reciclando el dolor. Esa soy yo. La mejor cantante country que ha dado este país de folclóricas.
Cifras y azar
Este es un cuento absurdo, obsesivo, tontorrón. Y no, no es autobiográfico, no sufráis:
Somos 4 millones en esta ciudad. Sólo hay 6 plantas en este edificio, a dos pisos por planta. Y te encuentro en mi ascensor. Tu novio vive en el 6º, me dices. Justo encima del piso de 67 metros cuadrados que me he comprado hace 10 meses por 255.000 euros que pago en una hipoteca de 1673 euros al mes. Me costó dos años y tres meses de terapia olvidarte. A 60 euros por sesión. Unos 7200 euros.
Y tu novio, por el que me dejaste, se ha mudado al 6º.
Si ahora me tengo que ir de este piso y venderlo, justo ahora que el mercado inmobiliario ha empezado a bajar, con suerte podré venderlo por 200.000, y me olvido de los 73200 euros que me he dejado en la reforma. Y si a eso le sumas los años de terapia tirados a la basura, que tu novio viva en el 6º me va a hacer perder 131.200 euros.
Y lo peor es que esos 131.200 euros no me duelen ni la centésima parte de haberte encontrado hoy en mi ascensor.
Vale, me dejaste porque sólo hablaba de números.
Pero déjame, al menos, que me agarre a las cifras para intentar cuantificar esta puta broma del azar.
Somos 4 millones en esta ciudad. Sólo hay 6 plantas en este edificio, a dos pisos por planta. Y te encuentro en mi ascensor. Tu novio vive en el 6º, me dices. Justo encima del piso de 67 metros cuadrados que me he comprado hace 10 meses por 255.000 euros que pago en una hipoteca de 1673 euros al mes. Me costó dos años y tres meses de terapia olvidarte. A 60 euros por sesión. Unos 7200 euros.
Y tu novio, por el que me dejaste, se ha mudado al 6º.
Si ahora me tengo que ir de este piso y venderlo, justo ahora que el mercado inmobiliario ha empezado a bajar, con suerte podré venderlo por 200.000, y me olvido de los 73200 euros que me he dejado en la reforma. Y si a eso le sumas los años de terapia tirados a la basura, que tu novio viva en el 6º me va a hacer perder 131.200 euros.
Y lo peor es que esos 131.200 euros no me duelen ni la centésima parte de haberte encontrado hoy en mi ascensor.
Vale, me dejaste porque sólo hablaba de números.
Pero déjame, al menos, que me agarre a las cifras para intentar cuantificar esta puta broma del azar.
Nunca supe...
He llegado a escribir cosas más cortas. Como si fuera una pintada que alguien deja en la puerta de un water:
Nunca supe gestionar la pena, ni el tedio.
Soy un golfo. Mirad mi sonrisa.
Nunca supe gestionar la pena, ni el tedio.
Soy un golfo. Mirad mi sonrisa.
El lado oscuro
Gente del trabajo se queja de que escribo poco en el blog. Yo siempre contesto lo mismo: Por esto no me pagan. Me pagan por lo otro, por hacer bien mi trabajo.
Además de hacer mi trabajo, escribo de vez en cuando en el blog. Y de vez en cuando también escribo cuentos. Cuentos cortos. Casi tan cortos como los minipoemas de Ajo.
¿No me creéis? Ahí va uno, para los incrédulos: El lado oscuro, se titula.
Mi hija es escritora. Y en sus cuentos y novelas siempre describe a unas madres malísimas. Ella dice que soy muy susceptible porque me lo tomo de manera personal, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. ¿Pero qué parecido ni que parecido, si en sus novelas las madres están chifladas, son asesinas o como poco unas chantajistas emocionales de tomo y lomo? ¿Dónde está el parecido?
Los padres en sus novelas son seres encantadores. Ella no conoció al suyo.
La relación entre nosotras nunca fue de película, ni en el buen sentido ni en el malo. Nunca demostramos un cariño sobrenatural la una por la otra y nunca tuvimos una agarrada de las que hacen historia. Por eso no entiendo tanto drama en sus novelas. Ella siempre fue una chica optimista, alegre, vital. Sus novelas son oscuras.
Yo siempre me juro que no volveré a leer nada suyo, porque me desasosiega descubrir ese lado tenebroso, es como si me estuviera colando en un lugar al que no he sido invitada. Y entonces quiero ser respetuosa y no entrar ahí, pero a la vez pienso, ¿yo no he sido invitada y todos sus lectores sí? ¿Yo voy a ser menos que sus lectores? Así que acabo cayendo. Me sumerjo una vez más en sus páginas. Y me entra un no sé qué, un reconcome que siempre acabo visitando el álbum familiar para buscar entre sus miles de sonrisas una huella, un indicio que sugiera esa mente tan oscura. ¿Será mi hija bipolar? ¿O como un súper héroe con dos caras? ¿La alegre para el día, la pesimista para sus novelas?
¿Quién es esa escritora que desconozco? ¿Y por qué en las entrevistas siempre le preguntan si su literatura es autobiográfica? ¿Y por qué ella nunca lo niega?
Además de hacer mi trabajo, escribo de vez en cuando en el blog. Y de vez en cuando también escribo cuentos. Cuentos cortos. Casi tan cortos como los minipoemas de Ajo.
¿No me creéis? Ahí va uno, para los incrédulos: El lado oscuro, se titula.
Mi hija es escritora. Y en sus cuentos y novelas siempre describe a unas madres malísimas. Ella dice que soy muy susceptible porque me lo tomo de manera personal, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. ¿Pero qué parecido ni que parecido, si en sus novelas las madres están chifladas, son asesinas o como poco unas chantajistas emocionales de tomo y lomo? ¿Dónde está el parecido?
Los padres en sus novelas son seres encantadores. Ella no conoció al suyo.
La relación entre nosotras nunca fue de película, ni en el buen sentido ni en el malo. Nunca demostramos un cariño sobrenatural la una por la otra y nunca tuvimos una agarrada de las que hacen historia. Por eso no entiendo tanto drama en sus novelas. Ella siempre fue una chica optimista, alegre, vital. Sus novelas son oscuras.
Yo siempre me juro que no volveré a leer nada suyo, porque me desasosiega descubrir ese lado tenebroso, es como si me estuviera colando en un lugar al que no he sido invitada. Y entonces quiero ser respetuosa y no entrar ahí, pero a la vez pienso, ¿yo no he sido invitada y todos sus lectores sí? ¿Yo voy a ser menos que sus lectores? Así que acabo cayendo. Me sumerjo una vez más en sus páginas. Y me entra un no sé qué, un reconcome que siempre acabo visitando el álbum familiar para buscar entre sus miles de sonrisas una huella, un indicio que sugiera esa mente tan oscura. ¿Será mi hija bipolar? ¿O como un súper héroe con dos caras? ¿La alegre para el día, la pesimista para sus novelas?
¿Quién es esa escritora que desconozco? ¿Y por qué en las entrevistas siempre le preguntan si su literatura es autobiográfica? ¿Y por qué ella nunca lo niega?
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