Él no se casó con una mujer se casó con su mundo. Él, que en el instituto se había acostado con las más guapas, en su barrio con las más inaccesibles, en su trabajo con las modelos que todos soñaban, él que vivió mil explosiones fugaces de amor, él, al final, se casó con ella. Con su jardín, con su música, con su familia. Y su vida se llenó de las voces de Miguel Poveda, de Juan Luis Guerra, de Chavela Vargas, de los sabores de la papaya recién exprimida, del maracuyá, del olor a azahar, a musgo húmedo y a plátano frito, de la luz de los domingos por la mañana en esa casa de un Seattle en el que muchas veces llovía pero allí, en ese hogar de madera de abeto y tan pegadito al mar, nunca.
Y cuando los periodistas le preguntaban por qué había abandonado una carrera tan prometedora de fotógrafo de moda, él se limitaba a sonreír, mientras pensaba, ¿cómo no iba a abandonarla si me encontré con la vida?
domingo, 7 de junio de 2009
miércoles, 27 de mayo de 2009
La nieta
Le había prometido a su nieta el mejor regalo del mundo si aprobaba todo en junio. La nieta lo aprobó todo y el abuelo tuvo que cumplir. Le dejó elegir el regalo. Ella quería una bicicleta con forma de Harley Davidson, con el manillar enorme y mucho más alto que el sillín que iba casi pegado a la rueda de atrás, tres veces más ancha que la rueda de adelante. Como una de esas bicicletas que conducían algunos chavales negros del Bronx en las películas americanas.
-¿Pero esas bicis las encontraremos en Madrid?
-Claro, abuelo, hay una tienda en Malasaña donde las venden.
-¿En Malasaña?
El abuelo hacía muchos años, muchos, que no iba por esa zona de Madrid. Allí conoció a su mujer, medio siglo atrás. Medio siglo, ay. No había vuelto. Sabía por la tele y los periódicos cómo estaba la zona, llena de grafittis, tomada por los jóvenes, y más bulliciosa que nunca. Aunque nada de eso le había alejado de allí, era más bien el miedo a sentirse un viejo en donde había aún tanta vida, y tan distinta a como él la recordaba. Como un cuarentañero que no se atreve a visitar su antigua facultad para no sentirse mayor al lado de tanto chaval de veinte.
Pero le había prometido el regalo a su nieta. Y tenía que cumplir.
Qué regalo más extraño para una adolescente. Siempre había sido una niña especial, tal vez porque era china, su hijo y su nuera la habían adoptado con 2 añitos. Fue un infierno todo el proceso. Y ella desde el primer día había demostrado un carácter raro. Muchos se lo achacaban a sus orígenes y a lo mal que lo debía haber pasado, pero el abuelo prefirió no indagar mucho y no buscar una razón para su personalidad. Le gustaba pensar que era así porque era única, no porque fuera china.
Y ahora su nieta china quería una bici de chaval negro del Bronx. A su nuera le iba a encantar el regalo, iba a poner el grito en el cielo. Y eso de alguna manera le divertía.
Llegaron a la tienda y su nieta le señaló la bici. Se sentó en ella.
-¿Qué tal estoy? ¿mola? ¿me queda bien?
-Pues, no sé… no es un vestido, no sé si te tiene que quedar bien…
-¿Pero tú me ves en ella o no, abuelo?
-¿Sabrás manejar ese cacharro?
-Pues claro.
-Te queda estupenda, entonces.
Y la nieta china sonrió.
-Qué grande eres, abuelo.
La nieta se acercó a su abuelo y le dio un beso. El dependiente, un chico tatuado de los pies a la cabeza y con siete piercings distribuidos por toda la cara, sonrió al ver a esa china tan contenta besando al anciano. Formaban una estampa curiosa.
Mientras el abuelo pagaba la bicicleta, el precio era completamente abusivo pero no rechistó, la nieta saludó a una adolescente rubia de su misma edad y que aún debía llevar en su cara más piercings que el dependiente. La adolescente rubia besó en los labios a su nieta. La nieta miró a su abuelo y enrojeció.
-Abuelo, ¿conoces a Tania? Es… mi novia.
El dependiente bajó la vista, porque aunque no se quería perder detalle de la reacción del anciano, se sentía muy incómodo presenciando ese momento.
-¿Tu novia…?
Tania se acercó a él y le plantó dos besos.
-¿Qué tal? Qué enrollado eres, comprándole la buga a Jan.
-Sí, a ver qué dice su madre de todo esto.-Fue lo único que acertó a decir.
La nieta estaba esperando alguna reacción más por parte del abuelo, pero este simplemente le dio un beso apurado y decidió dejarlas solas.
Se puso a caminar por las calles de Malasaña. Tenía mucho que digerir, entre otras cosas que había vuelto a ese barrio 30 años después para comprar una bici del Bronx a su nieta china lesbiana.
Bueno, así era la vida, pensó mientras contemplaba un graffiti de un lagarto verde.
En una terraza del Dos de mayo pidió una caña y se indignó cuando le cobraron 4 euros.
-¿Pero esas bicis las encontraremos en Madrid?
-Claro, abuelo, hay una tienda en Malasaña donde las venden.
-¿En Malasaña?
El abuelo hacía muchos años, muchos, que no iba por esa zona de Madrid. Allí conoció a su mujer, medio siglo atrás. Medio siglo, ay. No había vuelto. Sabía por la tele y los periódicos cómo estaba la zona, llena de grafittis, tomada por los jóvenes, y más bulliciosa que nunca. Aunque nada de eso le había alejado de allí, era más bien el miedo a sentirse un viejo en donde había aún tanta vida, y tan distinta a como él la recordaba. Como un cuarentañero que no se atreve a visitar su antigua facultad para no sentirse mayor al lado de tanto chaval de veinte.
Pero le había prometido el regalo a su nieta. Y tenía que cumplir.
Qué regalo más extraño para una adolescente. Siempre había sido una niña especial, tal vez porque era china, su hijo y su nuera la habían adoptado con 2 añitos. Fue un infierno todo el proceso. Y ella desde el primer día había demostrado un carácter raro. Muchos se lo achacaban a sus orígenes y a lo mal que lo debía haber pasado, pero el abuelo prefirió no indagar mucho y no buscar una razón para su personalidad. Le gustaba pensar que era así porque era única, no porque fuera china.
Y ahora su nieta china quería una bici de chaval negro del Bronx. A su nuera le iba a encantar el regalo, iba a poner el grito en el cielo. Y eso de alguna manera le divertía.
Llegaron a la tienda y su nieta le señaló la bici. Se sentó en ella.
-¿Qué tal estoy? ¿mola? ¿me queda bien?
-Pues, no sé… no es un vestido, no sé si te tiene que quedar bien…
-¿Pero tú me ves en ella o no, abuelo?
-¿Sabrás manejar ese cacharro?
-Pues claro.
-Te queda estupenda, entonces.
Y la nieta china sonrió.
-Qué grande eres, abuelo.
La nieta se acercó a su abuelo y le dio un beso. El dependiente, un chico tatuado de los pies a la cabeza y con siete piercings distribuidos por toda la cara, sonrió al ver a esa china tan contenta besando al anciano. Formaban una estampa curiosa.
Mientras el abuelo pagaba la bicicleta, el precio era completamente abusivo pero no rechistó, la nieta saludó a una adolescente rubia de su misma edad y que aún debía llevar en su cara más piercings que el dependiente. La adolescente rubia besó en los labios a su nieta. La nieta miró a su abuelo y enrojeció.
-Abuelo, ¿conoces a Tania? Es… mi novia.
El dependiente bajó la vista, porque aunque no se quería perder detalle de la reacción del anciano, se sentía muy incómodo presenciando ese momento.
-¿Tu novia…?
Tania se acercó a él y le plantó dos besos.
-¿Qué tal? Qué enrollado eres, comprándole la buga a Jan.
-Sí, a ver qué dice su madre de todo esto.-Fue lo único que acertó a decir.
La nieta estaba esperando alguna reacción más por parte del abuelo, pero este simplemente le dio un beso apurado y decidió dejarlas solas.
Se puso a caminar por las calles de Malasaña. Tenía mucho que digerir, entre otras cosas que había vuelto a ese barrio 30 años después para comprar una bici del Bronx a su nieta china lesbiana.
Bueno, así era la vida, pensó mientras contemplaba un graffiti de un lagarto verde.
En una terraza del Dos de mayo pidió una caña y se indignó cuando le cobraron 4 euros.
martes, 26 de mayo de 2009
El detective y la crítica literaria
Contrató un detective privado y a una crítica literaria para que rastreara entre las novelas de su hijo, aquel que abandonó cuando era un chaval, alguna pista sobre su vida. El detective y la crítica literaria trabajaron codo a codo, mano a mano. Y entre ellos surgió el amor, porque ya se sabe que el roce hace el cariño. Pero del rastro del escritor, de la verdad de su vida, nada. Todo era falso en sus novelas.
Spotify
Gracias a Jesús he descubierto el Spotify, un programa estupendo que viene a ser como una radio a la carta. Toda la música del mundo a tu alcance. Además es legal porque la música la puedes escuchar pero no la puedes descargar. O sea como en una radio. Y al igual que hizo Jesús, a mí también en los dos primeros días me dio por la nostalgia, así volví a escuchar canciones estupendas de Ana Belén en Río, alguna de Mocedades… alguna de Serrat (sí, todos tenemos un pasado) Qué extraño que algo tan moderno como el Spotify (hasta el nombre suena moderno) sirva para recuperar el pasado. Gracias al spoti (así en diminutivo porque ya es de la familia) mi casa se llenó de la alegría y las voces del pasado. De ahí venimos, qué bien recordarlo a veces.
Jesús, Salud, Joaquín, Chavela y yo, ya habíamos recuperado ese pasado en alguna de nuestras cenas de ensaladas, queso, jamón, marihuana y whisky (ahora nos hemos pasado a la ginebra) Me acuerdo de una en concreto donde en plena euforia etílica nos dio por cantar casi todo el repertorio de Mocedades y decidimos hacer un musical con todo eso. Qué divertido fue inventarse una trama disparatada que sirviera de hilo conductor desde Secretaria, secretaria, al Ay, amor, pasando por Y los muchachos del barrio la llamaban loca.
Ayer también cenamos los mismos y tres más y volvimos a recordar nuestro pasado musical, porque entre otras cosas les conté uno de los proyectos disparatados con los que me están asediando desde todos lados ahora que saben que me voy. Me proponen un musical para aprovechar el tirón de Física o química, que no pienso escribir, entre otras cosas porque yo sólo puedo pensar en musicales cuando la vida es lo más parecido a un musical, es decir, cuando estoy entre risas con mis amigos, sentados a una buena mesa, con un vino rico y delirando gracias al alcohol. Sólo en momentos así uno se puede arrancar a cantar.
Y ayer les contaba el proyecto del musical y la idea que me había dado Agustín el día antes, que entusiasmado ante la locura de la propuesta me animaba a que la hiciera. El argumento es muy fácil, me decía: Tú sólo tienes que hacer que los chavales protagonistas se encuentren a Nacho Cano y no le reconozcan. Este se enfada porque no se puede creer que ya no sea famoso y les canta una canción de Mecano para demostrarles quién es. Pero los chavales, nada, ni les suena. Nacho Cano no se lo cree y les canta otra. Y los chavales tampoco, ni idea. Y así hasta 20 canciones. Y ahí ya tienes el musical, me dice Agustín. Y yo para ponerle un final grandioso le digo, y como última canción y harto ya de no ser nadie para las nuevas generaciones, Nacho Cano les canta una de Nena Daconte y ahí todos los chavales gritan al unísono, esa sí, esa sí la conocemos.
Ante el disparate, sólo un disparate mayor. Y ante los días grises, sólo el musical de una cena con amigos. Y ante los piratas de Internet, el spoty. Yeah.
Jesús, Salud, Joaquín, Chavela y yo, ya habíamos recuperado ese pasado en alguna de nuestras cenas de ensaladas, queso, jamón, marihuana y whisky (ahora nos hemos pasado a la ginebra) Me acuerdo de una en concreto donde en plena euforia etílica nos dio por cantar casi todo el repertorio de Mocedades y decidimos hacer un musical con todo eso. Qué divertido fue inventarse una trama disparatada que sirviera de hilo conductor desde Secretaria, secretaria, al Ay, amor, pasando por Y los muchachos del barrio la llamaban loca.
Ayer también cenamos los mismos y tres más y volvimos a recordar nuestro pasado musical, porque entre otras cosas les conté uno de los proyectos disparatados con los que me están asediando desde todos lados ahora que saben que me voy. Me proponen un musical para aprovechar el tirón de Física o química, que no pienso escribir, entre otras cosas porque yo sólo puedo pensar en musicales cuando la vida es lo más parecido a un musical, es decir, cuando estoy entre risas con mis amigos, sentados a una buena mesa, con un vino rico y delirando gracias al alcohol. Sólo en momentos así uno se puede arrancar a cantar.
Y ayer les contaba el proyecto del musical y la idea que me había dado Agustín el día antes, que entusiasmado ante la locura de la propuesta me animaba a que la hiciera. El argumento es muy fácil, me decía: Tú sólo tienes que hacer que los chavales protagonistas se encuentren a Nacho Cano y no le reconozcan. Este se enfada porque no se puede creer que ya no sea famoso y les canta una canción de Mecano para demostrarles quién es. Pero los chavales, nada, ni les suena. Nacho Cano no se lo cree y les canta otra. Y los chavales tampoco, ni idea. Y así hasta 20 canciones. Y ahí ya tienes el musical, me dice Agustín. Y yo para ponerle un final grandioso le digo, y como última canción y harto ya de no ser nadie para las nuevas generaciones, Nacho Cano les canta una de Nena Daconte y ahí todos los chavales gritan al unísono, esa sí, esa sí la conocemos.
Ante el disparate, sólo un disparate mayor. Y ante los días grises, sólo el musical de una cena con amigos. Y ante los piratas de Internet, el spoty. Yeah.
sábado, 23 de mayo de 2009
La hija
-Ay, nena, nena, que no puedes estar así. Que tienes que tirar para arriba, mujer, que ya pasó mucho tiempo.
-¡Déjame! No puedo, es que no puedo, ¿tú crees que yo quiero estar así? Pero no puedo.
Y ella se hizo un ovillo en la cama y volvió a gimotear. El padre la miró sin saber qué hacer. Un día más. El padre fue a por su mujer, estaba en el salón, buscando debajo del sofá uno de los camiones de su hijo pequeño.
-Tenemos que hacer algo, Rebeca, la niña no levanta cabeza. Yo es que me encuentro a ese desgraciado y… hoy pensé que lo había visto y me entraron unas ganas de acercarme a él y cruzarle la cara… Pero no era él.
-¿Y eso de qué iba a servir?
-Ya, ya… ¿Y sus amigas? ¿Por qué no queda sus amigas, salen, se divierten? Algo habrá que le apetezca hacer y se vaya quitando al otro poco a poco de la cabeza.
-No quiere, yo ya no sé qué más decirle.
-Pues tiene que querer, tiene que poner de su parte, caramba.
El padre tenía el corazón encogido, de impotencia, de ver así a su niña. Y también empezaba a estar muy harto. Todos los días igual. En vez de ir para arriba, ella se hundía más y más en un pozo negro.
-Esto es culpa nuestra, lo sabes, ¿verdad?
La madre ya con el camión en la mano le miró sin entender.
-Culpa nuestra por qué, ¿por dejarle salir con él? ¿y qué íbamos a hacer?
-No por eso, por mimarla demasiado, por no endurecerle el corazón. Es como una princesita, yo no sé a quién salió.
-Antonio, qué cosas dices, endurecerle el corazón. Ya se le pasará.
-¿Y si me la llevo a trabajar conmigo?
-Yo encantada, pero como no la arrastres…
-Esto mi padre lo hubiera arreglado con dos cachetes.
-Sí. Y lo hizo y ¿te sirvió de algo?
-¿Qué?
-¿Tú no estuviste así tres meses cuando yo te dejé?
-Mujer… No fue igual… yo…
-No fue igual porque volví contigo...
Y entonces Antonio recordó lo que dolía y que no había dolor parecido. Bueno sí, cuando había muerto su padre, el de los cachetes, ahí el dolor había sido igual de devastador, de sordo, de implacable. Un dolor que todo lo abarcaba, cada minuto, cada hora, cada día, durante semanas eternas y que cubría cada centímetro de su cuerpo, pero se intensificaba en el estómago y en las manos. Y no había consuelo. No había manera de hacerlo callar.
-¿Y si la llevamos al sicólogo? ¿o…?
Y entonces se le ocurrió.
-¿Y si le voy a ver y le convenzo para que vuelva con ella?
La mujer le sonrió.
-¿Ahora quieres convencerle de que vuelva? Hace un minuto le querías cruzar la cara.
-¡Mamá!
-Voy…
La madre entró en la habitación de su hija.
-¿Duermes conmigo esta noche?
-Hija… que tengo a tu padre abandonado, que no puedo estar durmiendo noche sí y noche también contigo.
-Mamá, es que no sé…
-No, hoy llamas a Raquel, o a Marta y sales con ellas. Te emborrachas, llegas tarde, y tu padre a lo mejor hasta te da un poco de su marihuana…
-Mujer… -se adelantó Antonio- la marihuana es para lo mío, mejor le dejo el coche… Pero que una de tus amigas no beba. Tú sí, tú bebe, que con alcohol uno al menos se preocupa de vomitar o de no vomitar y el caso es tener la cabeza ocupada…
La hija le miró sorprendida.
-Anda, que me dais cada consejo…
Y sin más se puso a llorar. La madre miró a Antonio de manera recriminadora.
-Si es que es verdad, Antonio…
-¿Qué? ¿Y ahora qué? ¿ahora qué he dicho?
Entonces Antonio volvió añorar a su padre. Que lo hubiera arreglado todo con dos cachetes. O no.
-¡Déjame! No puedo, es que no puedo, ¿tú crees que yo quiero estar así? Pero no puedo.
Y ella se hizo un ovillo en la cama y volvió a gimotear. El padre la miró sin saber qué hacer. Un día más. El padre fue a por su mujer, estaba en el salón, buscando debajo del sofá uno de los camiones de su hijo pequeño.
-Tenemos que hacer algo, Rebeca, la niña no levanta cabeza. Yo es que me encuentro a ese desgraciado y… hoy pensé que lo había visto y me entraron unas ganas de acercarme a él y cruzarle la cara… Pero no era él.
-¿Y eso de qué iba a servir?
-Ya, ya… ¿Y sus amigas? ¿Por qué no queda sus amigas, salen, se divierten? Algo habrá que le apetezca hacer y se vaya quitando al otro poco a poco de la cabeza.
-No quiere, yo ya no sé qué más decirle.
-Pues tiene que querer, tiene que poner de su parte, caramba.
El padre tenía el corazón encogido, de impotencia, de ver así a su niña. Y también empezaba a estar muy harto. Todos los días igual. En vez de ir para arriba, ella se hundía más y más en un pozo negro.
-Esto es culpa nuestra, lo sabes, ¿verdad?
La madre ya con el camión en la mano le miró sin entender.
-Culpa nuestra por qué, ¿por dejarle salir con él? ¿y qué íbamos a hacer?
-No por eso, por mimarla demasiado, por no endurecerle el corazón. Es como una princesita, yo no sé a quién salió.
-Antonio, qué cosas dices, endurecerle el corazón. Ya se le pasará.
-¿Y si me la llevo a trabajar conmigo?
-Yo encantada, pero como no la arrastres…
-Esto mi padre lo hubiera arreglado con dos cachetes.
-Sí. Y lo hizo y ¿te sirvió de algo?
-¿Qué?
-¿Tú no estuviste así tres meses cuando yo te dejé?
-Mujer… No fue igual… yo…
-No fue igual porque volví contigo...
Y entonces Antonio recordó lo que dolía y que no había dolor parecido. Bueno sí, cuando había muerto su padre, el de los cachetes, ahí el dolor había sido igual de devastador, de sordo, de implacable. Un dolor que todo lo abarcaba, cada minuto, cada hora, cada día, durante semanas eternas y que cubría cada centímetro de su cuerpo, pero se intensificaba en el estómago y en las manos. Y no había consuelo. No había manera de hacerlo callar.
-¿Y si la llevamos al sicólogo? ¿o…?
Y entonces se le ocurrió.
-¿Y si le voy a ver y le convenzo para que vuelva con ella?
La mujer le sonrió.
-¿Ahora quieres convencerle de que vuelva? Hace un minuto le querías cruzar la cara.
-¡Mamá!
-Voy…
La madre entró en la habitación de su hija.
-¿Duermes conmigo esta noche?
-Hija… que tengo a tu padre abandonado, que no puedo estar durmiendo noche sí y noche también contigo.
-Mamá, es que no sé…
-No, hoy llamas a Raquel, o a Marta y sales con ellas. Te emborrachas, llegas tarde, y tu padre a lo mejor hasta te da un poco de su marihuana…
-Mujer… -se adelantó Antonio- la marihuana es para lo mío, mejor le dejo el coche… Pero que una de tus amigas no beba. Tú sí, tú bebe, que con alcohol uno al menos se preocupa de vomitar o de no vomitar y el caso es tener la cabeza ocupada…
La hija le miró sorprendida.
-Anda, que me dais cada consejo…
Y sin más se puso a llorar. La madre miró a Antonio de manera recriminadora.
-Si es que es verdad, Antonio…
-¿Qué? ¿Y ahora qué? ¿ahora qué he dicho?
Entonces Antonio volvió añorar a su padre. Que lo hubiera arreglado todo con dos cachetes. O no.
viernes, 22 de mayo de 2009
Ahora que me voy
Ahora que me voy el cansancio no me deja dormir por las noches, la alergia tampoco ayuda.
Ahora que me voy tampoco duermo por las noches debido al vértigo de este nuevo rumbo en mi vida, y el runrún de si estaré haciendo lo correcto.
Ahora que me voy me doy cuenta de todo el trabajo realizado, de lo bien que lo supe llevar casi siempre, aunque no siempre.
Ahora que me voy entiendo por qué me han pagado tan bien, me lo gané.
Ahora que me voy no quiero cenas de despedida, ni abrazos ni palabras rimbombantes, me sentiría ridículo, porque me daría cuenta de que este ha sido el mejor proyecto de mi vida, el mejor trabajo de mi vida, en donde más disfruté y mejor me entendí con el equipo, no sólo de guionistas, también con el resto del equipo, con producción ejecutiva, con dirección, con maquillaje, con vestuario, con arte, con el músico, con los actores, y entonces, me asaltaría la duda, si tan bueno fue, ¿por qué me voy?
Me voy porque estoy cansado, me voy porque estoy vivo, me voy porque me lo he ganado, me voy porque soy así. Me voy porque si no me voy tampoco sabría quedarme. Me voy para mirar desde otro punto de vista, para descontaminarme, para descubrir que hay vida más allá de la adolescencia, aunque mi marcha pueda parecer muy adolescente. (Es lo que leo en los ojos y en el gesto de todos los de la productora y de la cadena: ¿Pero a ti qué bicho te ha picado? ¿Cómo es que te vas? ¿Cómo te ha dado ese arrebato tan de niño pequeño o tan de artista?)
Me voy. Ea, por fin, me voy.
Ha sido un placer. Y un dolor de huevos.
Ha sido intenso. Ha sido duro. Ha sido tan divertido.
Y sobre todo ha sido. Porque ya no estoy. Porque ya me he ido. Bueno, en cuatro días, pero mi corazón, mi mente, y mis pelotas, ya están en otra parte.
Que dios reparta suerte, y va por ustedes.
Ahora que me voy tampoco duermo por las noches debido al vértigo de este nuevo rumbo en mi vida, y el runrún de si estaré haciendo lo correcto.
Ahora que me voy me doy cuenta de todo el trabajo realizado, de lo bien que lo supe llevar casi siempre, aunque no siempre.
Ahora que me voy entiendo por qué me han pagado tan bien, me lo gané.
Ahora que me voy no quiero cenas de despedida, ni abrazos ni palabras rimbombantes, me sentiría ridículo, porque me daría cuenta de que este ha sido el mejor proyecto de mi vida, el mejor trabajo de mi vida, en donde más disfruté y mejor me entendí con el equipo, no sólo de guionistas, también con el resto del equipo, con producción ejecutiva, con dirección, con maquillaje, con vestuario, con arte, con el músico, con los actores, y entonces, me asaltaría la duda, si tan bueno fue, ¿por qué me voy?
Me voy porque estoy cansado, me voy porque estoy vivo, me voy porque me lo he ganado, me voy porque soy así. Me voy porque si no me voy tampoco sabría quedarme. Me voy para mirar desde otro punto de vista, para descontaminarme, para descubrir que hay vida más allá de la adolescencia, aunque mi marcha pueda parecer muy adolescente. (Es lo que leo en los ojos y en el gesto de todos los de la productora y de la cadena: ¿Pero a ti qué bicho te ha picado? ¿Cómo es que te vas? ¿Cómo te ha dado ese arrebato tan de niño pequeño o tan de artista?)
Me voy. Ea, por fin, me voy.
Ha sido un placer. Y un dolor de huevos.
Ha sido intenso. Ha sido duro. Ha sido tan divertido.
Y sobre todo ha sido. Porque ya no estoy. Porque ya me he ido. Bueno, en cuatro días, pero mi corazón, mi mente, y mis pelotas, ya están en otra parte.
Que dios reparta suerte, y va por ustedes.
lunes, 18 de mayo de 2009
Paréntesis
El otro día hablando sobre la muerte de Antonio Vega, me refería a la vida como ese paréntesis que va entre la nada y la nada. Hoy que se ha muerto Benedetti (espero que mi blog no se convierta en un obituario) en uno de sus últimos poemas también utilizaba el mismo símil, pero con más gracia, claro: "lo mejor es abrir el corazón/y llenar el paréntesis con sueños"
Por algo siempre fue, entre otras muchas cosas, el defensor de la alegría.
Bon voyage.
Por algo siempre fue, entre otras muchas cosas, el defensor de la alegría.
Bon voyage.
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